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| Fotografías
de la serie La Santísima Muerte, © Fernando
Castillo |
La
Igualadora, la muy justa; la única que es pareja,
la que nos toca a todos. Cómo no santificar el instante
que libera de sufrimientos y pesares, de temores e infortunios.
Santa Muerte la llaman sus devotos, los más: desposeídos,
amenazados, encerrados, arrojados. Exentos de posesiones,
de seguridad, de prestigio, de certezas, sus fieles se acogen
a la ternura y la acarician con el nombre de Niña
Blanca.
Fernando Castillo ha seguido durante años la proliferación
de este culto y se ha asomado no sólo a los altares
públicos y privados —modestos o suntuosos—
localizados en barrios populares, sino a aquéllos
más íntimos, los que encarnan a la Descarnada
en el cuerpo, los altares de la piel. La ofrenda de sangre
y dolor que todo tatuaje implica quisiera ser metáfora
de la vida, no lo es, sangre y dolor parecen ya costumbre
de quien ostenta en la espalda a la Santa Muerte con su
atributo de la Segadora subrayada con unas iniciales, lo
mismo que un Divino Rostro que aún chorrea, un cerdo
grotesco y presumiblemente otra Muerte pues es a donde se
dirige el humo de tabaco con que el ritual ordena venerarla;
el feligrés y su cómplice se trastocan: el
uno es sostén del altar (es el altar), la otra, humilde
sahumadora.
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| Fotografías
de la serie La Santísima Muerte, © Fernando
Castillo |
Cuentan
que la Flaca es celosa, muy celosa, que exige devoción
absoluta, fidelidad total y flores frescas siempre, y en
todo momento una llama encendida y que nunca le falte el
vaso de agua. Provista de bastante más que eso luce
en el apara-dor, enseñoreada por su estatura, ataviada
con un manto de colores, compuesta con una peluca, ornada
con collares de todo tipo; en la diestra porta las ofrendas
de oro, en la siniestra un cuenco colmado de calaveras,
tzompantli portátil en el que se acomoda el habano
y el cigarrillo. Rodeada de sí misma en versiones
más pequeñas, a todas se les confiere el bastón
de mando de reminiscencia prehispánica cuajado de
cuarzos al que corona la esfera que es este Mundo.
Impávida, tolera en el interior de su estancia la
presencia de la mujer que limpia la vitrina, que la aísla
y la engrandece a fuerza de lujos frente al padre que inicia
al hijo pequeño en el ritual de ofrendarle el aliento
en una fumada.
Hay en la intención de Castillo un juego entre lo
interno y lo externo, una comprensión de lo velado
y lo revelado (y no estoy hablando de fotografía
como tal, sino del recurso de una poética y una estética)
que evidencia el conocimiento de los lugares, las fechas,
los momentos y los personajes, lo que le permite un vaivén
por las atmósferas, las situaciones y las emociones.
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| Fotografías
de la serie La Santísima Muerte, © Fernando
Castillo |
Venerada
preferentemente a horas de la tarde y noche en ritos que
emparentan con los que de muy antaño refieren la
vida como una flama encendida consumiendo pabilos cortos
o largos según el Destino o las Moiras conocen, a
esta imagen concurren personas de todas las edades y la
gradación de sus esperanzas y sus desconsuelos será
denotada por la expresión del rostro; qué
vela o qué revela la penumbra en la que se aglomeran
las cabezas y los cromos y las imágenes de bulto
y las flores en espera ansiosa de una bendición;
qué se muestra y qué se oculta en el ensimismamiento
del cholo que permite la mirada a la simetría de
sus tatuajes —la Comedia y la Tragedia en los extremos,
los tanditos enmarcando una leyenda—, y a la simetría
de sus brazos cruzados abrazando su pecho del que pende
la cadena de plata, y a la simetría de sus fuscas,
y a la simetría de vida y muerte en el eje de yo
mismo.
El culto parece remontarse a unos 80 años (un santuario
en el municipio de Sombrerete, Zacatecas se afirma el más
antiguo) y formaba parte de una especie de corriente subterránea
sólo para iniciados —algunos en Veracruz, algunos
en la frontera norte—, pero desde hace tres lustros,
a lo largo y ancho del territorio nacional se ha hecho evidente.
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| Fotografías
de la serie La Santísima Muerte, © Fernando
Castillo |
Si la
evidencia del culto horroriza a las buenas consciencias,
sus cada vez más numerosos seguidores saben bien
que a la muerte se le encuentra siguiendo las rutas de los
migrantes mexicanos y centroamericanos en su camino al Otro
Lado (ahogados en el río, calcinados de sed en el
desierto), las rutas del narcotráfico (¿cuántos
mililitros de sangre cuesta un gramo de coca?), las rutas
del desempleo, las de la sequía y la inundación,
las del hambre, las del tráfico de personas (secuestro,
mano de obra barata y prostitución como eufemismos
de esclavitud, venta de órganos), las rutas, pues,
de una nación saqueada durante sexenios.
En una realidad tan sórdida, vale más acudir
a la constante “todo atrae a su contrario”:
venerar a la muerte atraerá a la vida. “Mejor
ser su devoto que traerla pisándome los talones”.
Poco a poco el fervor se contagia, en un mundo sin justicia,
sobra quien quiera a la Justiciera. Una colorida parafernalia
que incluye velas, veladoras, rosas, estampas con una oración
o su novenario, cromos en papel y en acrílico, imágenes
de bulto de plástico, metal, pasta y barro se instala
en un nicho o una mesa. Se la encuentra también en
plena calle o en decenas de sitios en internet; siempre
con su guadaña, la Santa Muerte vestirá de
dorado, rojo, verde, ámbar, blanco o negro según
se la necesite.
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| Fotografías
de la serie La Santísima Muerte, © Fernando
Castillo |
Las
peticiones van de lo mundano a lo espiritual, lo mismo sabe
de dinero y éxito, que de rehabilitar adicciones
y otorgar paz y armonía, protege de leguleyos lo
mismo que de salaciones.
De túnica azul, mostrando el esternón y las
costillas, la carga la mujer de ojos llorosos que de por
sí le ha destinado el lugar de honor en su brazo
tatuado en azul. De azul el gran lienzo que acaba de componer
este contrapicado que eleva la humildad de la fe radicada
en la mirada. De blanco, coronada de flores y encajes, la
abraza el hombre —que la porta en el pecho, cerca
del corazón— para convidarle el cigarro que
también Ella debe fumar, oponiendo su piel morena
al níveo traje de novia; la guadaña con ornamento
de flores y espigas armoniza con su hombro desnudo y la
boca entreabierta que ha perdido un diente.
Vestida de dorado, como se dicta a quien la llama para velar
por el poder económico y los negocios, con las cuencas
de oropel rojo y el mundo en su mano, la llevan a recibir
la ofrenda de los danzantes que ingrávidos como las
plumas de sus penachos bailan con los rayos de la luz que
se filtra. Y la mujer en claroscuro la acerca a la ventana
para que oiga la música de mariachi, más aliento
de la música de aliento que se engalana con tantas
llamas encendidas, las de las vidas de quienes le rezan
y le cantan y creen en su huesuda existencia.
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| Fotografías
de la serie La Santísima Muerte, © Fernando
Castillo |
Las
gruesas falanges, el rosario pendiente a modo de pulsera,
la calavera cobijada que no oculta su perfil de monda blancura
y juega con el perfil de quien sabe que “como te ves
me vi, como me ves te verás” y consciente de
esta única y real certeza, cumple con la manda y
la expone a la bocanada de humo proveniente de otro perfil.
Umbra y penumbra de la existencia, muerte y vida juntas.
n
En México-Tenochtitlan, octubre de 2005
Año de huracanes funestos