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Número 75 Dic 2005 -Ene2006
 

Fernando Castillo
De altares en la piel y otros altares
Por: Elizabeth Romero Betancourt


© Fernando Castillo
Fotografías de la serie La Santísima Muerte, © Fernando Castillo

La Igualadora, la muy justa; la única que es pareja, la que nos toca a todos. Cómo no santificar el instante que libera de sufrimientos y pesares, de temores e infortunios. Santa Muerte la llaman sus devotos, los más: desposeídos, amenazados, encerrados, arrojados. Exentos de posesiones, de seguridad, de prestigio, de certezas, sus fieles se acogen a la ternura y la acarician con el nombre de Niña Blanca.

Fernando Castillo ha seguido durante años la proliferación de este culto y se ha asomado no sólo a los altares públicos y privados —modestos o suntuosos— localizados en barrios populares, sino a aquéllos más íntimos, los que encarnan a la Descarnada en el cuerpo, los altares de la piel. La ofrenda de sangre y dolor que todo tatuaje implica quisiera ser metáfora de la vida, no lo es, sangre y dolor parecen ya costumbre de quien ostenta en la espalda a la Santa Muerte con su atributo de la Segadora subrayada con unas iniciales, lo mismo que un Divino Rostro que aún chorrea, un cerdo grotesco y presumiblemente otra Muerte pues es a donde se dirige el humo de tabaco con que el ritual ordena venerarla; el feligrés y su cómplice se trastocan: el uno es sostén del altar (es el altar), la otra, humilde sahumadora.

© Fernando Castillo
Fotografías de la serie La Santísima Muerte, © Fernando Castillo

Cuentan que la Flaca es celosa, muy celosa, que exige devoción absoluta, fidelidad total y flores frescas siempre, y en todo momento una llama encendida y que nunca le falte el vaso de agua. Provista de bastante más que eso luce en el apara-dor, enseñoreada por su estatura, ataviada con un manto de colores, compuesta con una peluca, ornada con collares de todo tipo; en la diestra porta las ofrendas de oro, en la siniestra un cuenco colmado de calaveras, tzompantli portátil en el que se acomoda el habano y el cigarrillo. Rodeada de sí misma en versiones más pequeñas, a todas se les confiere el bastón de mando de reminiscencia prehispánica cuajado de cuarzos al que corona la esfera que es este Mundo.

Impávida, tolera en el interior de su estancia la presencia de la mujer que limpia la vitrina, que la aísla y la engrandece a fuerza de lujos frente al padre que inicia al hijo pequeño en el ritual de ofrendarle el aliento en una fumada.

Hay en la intención de Castillo un juego entre lo interno y lo externo, una comprensión de lo velado y lo revelado (y no estoy hablando de fotografía como tal, sino del recurso de una poética y una estética) que evidencia el conocimiento de los lugares, las fechas, los momentos y los personajes, lo que le permite un vaivén por las atmósferas, las situaciones y las emociones.

© Fernando Castillo
Fotografías de la serie La Santísima Muerte, © Fernando Castillo

Venerada preferentemente a horas de la tarde y noche en ritos que emparentan con los que de muy antaño refieren la vida como una flama encendida consumiendo pabilos cortos o largos según el Destino o las Moiras conocen, a esta imagen concurren personas de todas las edades y la gradación de sus esperanzas y sus desconsuelos será denotada por la expresión del rostro; qué vela o qué revela la penumbra en la que se aglomeran las cabezas y los cromos y las imágenes de bulto y las flores en espera ansiosa de una bendición; qué se muestra y qué se oculta en el ensimismamiento del cholo que permite la mirada a la simetría de sus tatuajes —la Comedia y la Tragedia en los extremos, los tanditos enmarcando una leyenda—, y a la simetría de sus brazos cruzados abrazando su pecho del que pende la cadena de plata, y a la simetría de sus fuscas, y a la simetría de vida y muerte en el eje de yo mismo.

El culto parece remontarse a unos 80 años (un santuario en el municipio de Sombrerete, Zacatecas se afirma el más antiguo) y formaba parte de una especie de corriente subterránea sólo para iniciados —algunos en Veracruz, algunos en la frontera norte—, pero desde hace tres lustros, a lo largo y ancho del territorio nacional se ha hecho evidente.

© Fernando Castillo
Fotografías de la serie La Santísima Muerte, © Fernando Castillo

Si la evidencia del culto horroriza a las buenas consciencias, sus cada vez más numerosos seguidores saben bien que a la muerte se le encuentra siguiendo las rutas de los migrantes mexicanos y centroamericanos en su camino al Otro Lado (ahogados en el río, calcinados de sed en el desierto), las rutas del narcotráfico (¿cuántos mililitros de sangre cuesta un gramo de coca?), las rutas del desempleo, las de la sequía y la inundación, las del hambre, las del tráfico de personas (secuestro, mano de obra barata y prostitución como eufemismos de esclavitud, venta de órganos), las rutas, pues, de una nación saqueada durante sexenios.

En una realidad tan sórdida, vale más acudir a la constante “todo atrae a su contrario”: venerar a la muerte atraerá a la vida. “Mejor ser su devoto que traerla pisándome los talones”. Poco a poco el fervor se contagia, en un mundo sin justicia, sobra quien quiera a la Justiciera. Una colorida parafernalia que incluye velas, veladoras, rosas, estampas con una oración o su novenario, cromos en papel y en acrílico, imágenes de bulto de plástico, metal, pasta y barro se instala en un nicho o una mesa. Se la encuentra también en plena calle o en decenas de sitios en internet; siempre con su guadaña, la Santa Muerte vestirá de dorado, rojo, verde, ámbar, blanco o negro según se la necesite.

© Fernando Castillo
Fotografías de la serie La Santísima Muerte, © Fernando Castillo

Las peticiones van de lo mundano a lo espiritual, lo mismo sabe de dinero y éxito, que de rehabilitar adicciones y otorgar paz y armonía, protege de leguleyos lo mismo que de salaciones.

De túnica azul, mostrando el esternón y las costillas, la carga la mujer de ojos llorosos que de por sí le ha destinado el lugar de honor en su brazo tatuado en azul. De azul el gran lienzo que acaba de componer este contrapicado que eleva la humildad de la fe radicada en la mirada. De blanco, coronada de flores y encajes, la abraza el hombre —que la porta en el pecho, cerca del corazón— para convidarle el cigarro que también Ella debe fumar, oponiendo su piel morena al níveo traje de novia; la guadaña con ornamento de flores y espigas armoniza con su hombro desnudo y la boca entreabierta que ha perdido un diente.

Vestida de dorado, como se dicta a quien la llama para velar por el poder económico y los negocios, con las cuencas de oropel rojo y el mundo en su mano, la llevan a recibir la ofrenda de los danzantes que ingrávidos como las plumas de sus penachos bailan con los rayos de la luz que se filtra. Y la mujer en claroscuro la acerca a la ventana para que oiga la música de mariachi, más aliento de la música de aliento que se engalana con tantas llamas encendidas, las de las vidas de quienes le rezan y le cantan y creen en su huesuda existencia.

© Fernando Castillo
Fotografías de la serie La Santísima Muerte, © Fernando Castillo

Las gruesas falanges, el rosario pendiente a modo de pulsera, la calavera cobijada que no oculta su perfil de monda blancura y juega con el perfil de quien sabe que “como te ves me vi, como me ves te verás” y consciente de esta única y real certeza, cumple con la manda y la expone a la bocanada de humo proveniente de otro perfil. Umbra y penumbra de la existencia, muerte y vida juntas. n

En México-Tenochtitlan, octubre de 2005

Año de huracanes funestos

 
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