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De
la serie Rituales en Haití, © Cristina García
Rodero |
¿Qué
hay entre el cielo y la tierra? ¿Existe una frontera
entre ambos? ¿Son opuestos en realidad?
Llega un momento en que las cosas muy extremas se juntan;
una no existe, si no existe la otra. Así reflexiona
Cristina García Rodero sobre las dualidades, así
piensa luego de cinco años de sumergirse en los rituales
haitianos que son más que religión: oración,
fiesta, sacrificio, catarsis, unión, celebración
pues de ser.
Los rituales haitianos tienen su raíz en el vudú,
práctica que tiene como fin la invocación de
fuerzas espirituales que habitan en la naturaleza y que favorecen
en sus peticiones a quienes así las solicitan.
Los escenarios en los que hasta hoy, se siguen realizando
estos rituales —que hoy conviven con algunas prácticas
católicas y que lograron sobrevivir durante siglos
en la clandestinidad—, exaltan el espíritu ya
por sí, debido a su grandiosidad; ocurre con la cascada
Saut d’Eau, donde se celebra la aparición de
una virgen, pero donde también habitan los dioses lwa.
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| De
la serie Rituales en Haití, © Cristina García
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Otro de
estos escenarios es un lago de lodo, conocido como Laguna
Santiago, donde habita el dios Ogou, dios de la guerra, también
perteneciente a los lwa.
A pesar de los siglos y las prohibiciones, el catolicismo
impuesto por la Conquista no pudo impedir que los rituales
llegarán hasta nuestros días. Quizá hubo
que ceder en algunos ámbitos, pero no en las esencias.
De tal modo, el festejo de los dioses de los muertos, ocurre
el dos de noviembre; fecha en que los Gédé,
quienes velan las tumbas y los cementerios, reciben alabanzas
y sacrificios con las manos elevadas al cielo.
De igual forma, se realiza el rito del Carnaval, en el que
unos días antes de la cuaresma las representaciones
del diablo católico se aúnan a las de dioses
vudú y demonios en máscaras fabricadas por los
propios haitianos.
Al adentrarse en estos rituales, la fotógrafa española
Cristina García descubre un vínculo fortísimo
entre lo terreno y lo celeste, entre el cuerpo y el espíritu,
entre la naturaleza y lo humano, entre lo religioso y lo pagano.
Las dualidades no tienen fronteras. Cristina lo documenta
a través de la lente, cuando en el trance del ritual
los ojos se ponen en blanco como manifestación de la
divinidad dentro del ser humano, cuando el agua que cae sobre
los cuerpos brunos cobija con su transparencia la desnudes
que para la mente occidental podría ofender.
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| De
la serie Rituales en Haití, © Cristina García
Rodero |
Cristina
vio precisamente en el trance —momento en el que un
espíritu se aloja en el cuerpo— la mayor atracción
del ritual haitiano y, al mismo tiempo, la manifestación
de la unidad de los contrarios. Los extremos se juntan.
Pero a la fotógrafa también la cautivo la plasticidad
de los cuerpos de hombres y mujeres de “raza pura”,
cuerpos desarrollados por el trabajo de siglos, cuerpos apegados
a la naturaleza.
También maestra de fotografía en la Facultad
de Bellas Artes en España, Cristina explica como surge
este gran documental, Rituales en Haití, que recientemente
se expuso en el Centro Cultural España, venido desde
la península Ibérica, e integrado por más
de cien fotografías en blanco y negro, análogas,
de gran formato:
“En 1991 vi una foto de Haití. El mundo había
volteado la mirada hacia ese país por los problemas
con sus elecciones para elegir al primer presidente de manera
democrática, que fue Jean Bertrand Aristide, luego
el golpe de Estado y la injerencia de Estados Unidos. La foto
que vi era de la cascada. Me impresionó mucho. Decidí
que tenía que ir ahí.
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| De
la serie Rituales en Haití, © Cristina García
Rodero |
”No
sabía cómo hacerlo. En una feria de turismo
vi un pequeño catálogo con algunas fotos; ahí
me pusieron en contacto con María Victoria Martínez,
ella me llevó hasta la cascada, que es un lugar para
solicitar amor, pedir por los hijos, el marido, la fortuna.
”El primer día decidí quedarme y tuve
que regresar sola en un camión cargado de personas,
carbón y bananas; no podía apoyarme ni siquiera
en los dos pies, me ayudaron a subir y a bajar. Esa fue mi
primera estancia en Haití. A partir de entonces empecé
a ir sobre todo en verano, cuando hay más peregrinaciones”.
García Rodero tiene una destacada trayectoria como
fotógrafa a nivel internacional. Cristina rompe todo
tabú, con su trabajo y con su persona misma, a flor
destaca su sensibilidad, su capacidad de percepción,
su saber mirar con algo más que los ojos. Y uno lo
descubre porque si sus fotografías son deliciosas al
espíritu, su platica permite descubrir la entrega en
todos los planos, incluso el intelectual. Es así que
fácilmente explica:
“Necesitaba conocer más. Hablé con los
peregrinos, con las personas, pregunté; pero eso quizá
fue la parte más difícil. Hay mucha falta de
información. El problema no es que te acepten, aunque
nunca dejas de ser la blanche. lo difícil es cómo
llegar a los sitios, dónde encontrar una peregrinación,
dónde alojarte, qué comer, cómo comunicar
cuáles son tus propósitos y que entiendan lo
que estás haciendo ahí.
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| De
la serie Rituales en Haití, © Cristina García
Rodero |
¿Y
cómo te comunicabas?
Por mímica muchas veces. Hablo muy poco francés,
pero están las miradas, las manos, los dibujos, me
vuelvo súper expresiva; con tal de que me entiendan
soy capaz de hacer cualquier cosa, y con tal de crear un clima
de cordialidad también.
¿Cómo lo haces
para pasar desapercibida, en una cultura tan diferente a la
tuya?
Lo que ocurre en Haití es que ha sido un país
muy abandonado. las personas externas lo desconoce, no se
atreven a ir. La falta de hoteles y carreteras hace que esté
más aislado, lo que se aúna a la falta de comunicación
y la pobreza. Yo puedo decir que soy aceptada, que tengo por
norma que si alguien no quiere ser fotografiado, yo no hago
las foto, para que ir contra la voluntad de esa persona. Lo
que sí hago es pasar muchos días en los sitios;
entonces la gente se acostumbra a mí, se acostumbra
a verme trabajando, y saben que no me meto con nadie, que
intento molestar lo menos posible y que estoy como ellos:
mojándome, metiéndome al barro; termino siendo
otra más.
Para García Rodero, el asombro de convivir con el pueblo
haitiano y retratar sus rituales no termina. Y comparte un
poco:
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| De
la serie Rituales en Haití, © Cristina García
Rodero |
“Te
asombras porque el vudú es desconocido para ti. Las
practicas religiosas son muy diferentes a las nuestras, pero
en el fondo piden lo mismo: dar gracias a su dios, orar ante
él, pedirle salud, pedir por los hijos, por la solución
de problemas y tener contentos también a los espíritus
—intermediarios entre dios y el hombre—, esos
espíritus, esos lwas, que tienen poderes pero también
pasiones como los hombres, fuerzas superiores pero comportamientos
humanos.
”Piden a sus espíritus y les hacen sacrificios
de animales, ofrendas de comida, tocan tambores. Están
pidiendo lo mismo que puede pedir cualquier ser humano en
cualquier tipo de religión.
”El vudú es el sincretismo de las religiones
africanas que trajeron los esclavos —a quienes que les
impidieron desarrollar su religión con castigos, penalizaciones
y prohibiciones—, y entonces buscaron en los santos
católicos las mismas características que en
sus lwas, que en sus espíritus; adoraban a la virgen
del Carmen pero en realidad era a Ezili, la diosa del amor;
oraban a Santiago, El mayor, pero en realidad era a Ogou,
el dios de la guerra.”
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| De
la serie Rituales en Haití, © Cristina García
Rodero |
Rituales
en Haití es un documental fotográ€co integrado
por 160 imágenes, a México fue posible traer
125. En Madrid se hizo acreedor del Premio Nacional de Fotografía.
Ahora Cristina, en una forma de retribución no planeada
con el pueblo haitiano, piensa que es necesario difundir un
poco de lo que en realidad es el vudú; sus motivos
son claros:
“Hay un desconocimiento absoluto de lo que es el vudú.
La idea que la gente tiene es la que nos ha transmitido Hollywood:
la muñequita con los alfileres, la magia mala, y no,
no es así. Se trata de una religión tan compleja
como la católica, e igual de tremenda para comprender,
cargada de significados y de sentido, y que ha logrado sobrevivir
cuatro siglos y pico fuera de su origen, lo que es una muestra
de lo arraigado que tenía que estar en los esclavos,
y de la fuerza y la esperanza que les daba esa práctica”.