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De
la serie Haití, vivr la muerte, Petit
Goave © Daniel Aguilar, 2004
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Los
periodistas tenían ya la nota: el presidente Aristide
había abandonado Haití después de días
de protestas y violencia, dejando tras de sí una sociedad
dividida.
Los marines patrullaban la capital. Y Aristide había
partido.
Daniel Aguilar no estaba tranquilo con la aparente calma.
Había estado años antes en Haití. Había
seguido las revueltas, las protestas, las manifestaciones.
Desde México monitoreaba el clima político,
la lucha social, para encontrar el momento justo. Llegó
el 11 de febrero, unos días antes de la caída
del presidente. Y sus fotos para Reuters hablaron al mundo
del conflicto.
El 3 de marzo, el taxista le traducía del creole las
noticias. Datos aislados. Rumores.
Era un riesgo andarse con rumores. Irse en falso. Perder el
tiempo. Y, además, parecía no haber más
información.
Y ya los marines patrullaban la zona.
A nadie más pareció interesarle. Pero Daniel
y el fotógrafo freelance Carlos Cazalis, decidieron
arriesgar. Habían oído de problemas en Petit
Goave, a unos 50 kilómetros de Puerto Príncipe.
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la serie Haití, vivr la muerte, Petit
Goave © Daniel Aguilar, 2004 |
Hubo
15 muertos un día antes… ¿rumores? Habría
algo más. O podía ser un viaje en balde.
Por el camino había muertos. Varios. Muchos. Cadáveres
de civiles. Duro, un paisaje muy duro, pero no era nada nuevo.
Es terrible reconocer, hoy, que entonces las imágenes
de los muertos ya no eran noticia. Eran tantos…
Siguieron adelante. A la entrada del pueblo, la gente, armada,
corría paralelamente al taxi por la carretera. Unos
50 metros más adelante, tuvieron que detenerse. La
gente estaba nerviosa, así que se bajaron del vehículo
para intentar explicar su presencia y, a la vez, entender
lo que estaba ocurriendo. No había más prensa.
Estaban solos. Completamente solos y rodeados. Daniel sintió
miedo. No por su seguridad, no por las armas, no por los rostros
enardecidos. Admite que en ese momento pensó en el
equipo pero se tranquilizó… otra cámara
perdida no significaba mucho. Los pobladores levantaron los
brazos: era la señal de que no había problema
con los intrusos.
Encerrados en un improvisado cuartel, reconstruyeron la historia.
El pueblo había formado su propia policía. Miembros
del partido oficial Lavalas habían matado a 12 civiles
en los últimos tres días.
Una camioneta salió del pueblo en busca de los asesinos.
Se organizaba la venganza.
Pasaron dos, quizá tres horas. De repente tiros. Oyeron
tiros, gritos. Daniel salió corriendo. El fotógrafo,
el fuereño, el intruso, el extranjero, el periodista
había dejado de existir para la gente.
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la serie Haití, vivr la muerte, Petit
Goave © Daniel Aguilar, 2004 |
En
la camioneta traían a un hombre con las manos atadas.
Había sido identificado como uno de los asesinos. La
gente se acercó para golpearlo. Intentando controlar
y meter orden, el también improvisado comisario lanzó
tiros al aire, ordenó que lo subieran a la camioneta
de vuelta.
Daniel se hace invisible. Nadie lo ve. Nadie le habla. Él
mismo olvida su propia presencia. Sin pensarlo, se sube con
él. Escucha los golpes. Siente los gritos. Palpa la
furia de quienes están afuera tratando de acercarse
al asesino.
A través de su cámara, Daniel ve un rostro,
la mirada fija, los ojos sin expresión, incluso cuando
una bota le aplasta el rostro para mantenerlo quieto. La verdad
es que ni siquiera es necesario. Sin la bota presionando hacia
la ventana o, aún, sin ataduras en las manos, estaría
quieto, con la mirada fija. Estaría ahí inmóvil,
mirando a Daniel sin mirarlo.
Daniel baja de la camioneta. Piensa que se lo llevarán
a otra parte. Pero juicio o no juicio debe hacerlo el pueblo.
Y el pueblo sigue a la camioneta, no la dejarían pasar.
No se llevarán al asesino a ningún lado.
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la serie Haití, vivr la muerte, Petit
Goave © Daniel Aguilar, 2004 |
La
gente corre hacia el vehículo de nuevo. Daniel corre.
Alguien lo rebasa con una enorme piedra en las manos.
No, no, no, grita Daniel. O a lo mejor cree que grita o tal
vez no oye su voz. O nadie lo oye. Ahora que lo recuerda,
piensa que su grito se pierde como en un estadio de futbol,
justo en una gran jugada, como si estuviera sentado hasta
arriba, solo en medio de una multitud enardecida.
El hombre de la mirada perdida está ya en una zanja.
Unos y otros levantan piedras, se las lanzan. Es como una
fiesta… hay una algarabía incomprensible. Daniel
siente ganas de llorar. Pero toma las fotos mientras la sangre
salpica su cámara.
Pero el ritual de muerte no ha terminado. El hombre todavía
mueve las manos. El machete se acciona. Y entonces traen las
llantas, una en el cuello en forma de collar, esa, la que
asegura que su espíritu no se quede en el pueblo. Daniel
ve el chorro de gasolina y el hombre aún se mueve.
Luego todo se vuelve llamas.
Y vuelve la aparente calma.
Daniel se da cuenta de que está ahí, de que
existe.
Daniel regresó a Puerto Príncipe. Una, dos cervezas.
Tenía que aclarar la mente e intentar digerir lo que
nunca había visto: muertos sí, pero no a la
muerte. El proceso, la violencia, el horror. Todavía
no podía decidir qué hacer. Qué mandar.
Cómo explicar.
Cuando le mostró al reportero de Reuters las tomas,
éste no pudo hablar. Así que Daniel mandó
una serie a la mesa. Pero de allá le piden todo: 20
fotos, una secuencia de los 54 minutos exactos de horror.
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| De
la serie Haití, vivr la muerte, Petit
Goave © Daniel Aguilar, 2004 |
En
esas imágenes todos somos testigos. Todos tomamos la
cámara y seguimos al hombre de la mirada fija. La presencia
de Daniel Aguilar no se advierte. Nadie voltea al objetivo,
nadie parece haberse dado cuenta del extranjero, del periodista,
del hombre que estaba ahí sin estarlo.
Daniel no quiere, nunca quiso, retratar la barbarie. Jamás
pensaría en lucrar con la muerte de un hombre. Sólo
quería decirlo y lo dijo: la violencia seguía
ahí… aunque los marines patrullaran. n
daniel.aguilar@reuters.com