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Número 67 Ago - Sep 2004
 

Daniel Aguilar
Vivir la muerte
Por: Ana Luisa Anza


Haití, Vivir la muerte
De la serie Haití, vivr la muerte, Petit Goave © Daniel Aguilar, 2004

Los periodistas tenían ya la nota: el presidente Aristide había abandonado Haití después de días de protestas y violencia, dejando tras de sí una sociedad dividida.

Los marines patrullaban la capital. Y Aristide había partido.

Daniel Aguilar no estaba tranquilo con la aparente calma. Había estado años antes en Haití. Había seguido las revueltas, las protestas, las manifestaciones. Desde México monitoreaba el clima político, la lucha social, para encontrar el momento justo. Llegó el 11 de febrero, unos días antes de la caída del presidente. Y sus fotos para Reuters hablaron al mundo del conflicto.

El 3 de marzo, el taxista le traducía del creole las noticias. Datos aislados. Rumores.

Era un riesgo andarse con rumores. Irse en falso. Perder el tiempo. Y, además, parecía no haber más información.

Y ya los marines patrullaban la zona.

A nadie más pareció interesarle. Pero Daniel y el fotógrafo freelance Carlos Cazalis, decidieron arriesgar. Habían oído de problemas en Petit Goave, a unos 50 kilómetros de Puerto Príncipe.

Haití, Vivir la muerte
De la serie Haití, vivr la muerte, Petit Goave © Daniel Aguilar, 2004

Hubo 15 muertos un día antes… ¿rumores? Habría algo más. O podía ser un viaje en balde.

Por el camino había muertos. Varios. Muchos. Cadáveres de civiles. Duro, un paisaje muy duro, pero no era nada nuevo. Es terrible reconocer, hoy, que entonces las imágenes de los muertos ya no eran noticia. Eran tantos…

Siguieron adelante. A la entrada del pueblo, la gente, armada, corría paralelamente al taxi por la carretera. Unos 50 metros más adelante, tuvieron que detenerse. La gente estaba nerviosa, así que se bajaron del vehículo para intentar explicar su presencia y, a la vez, entender lo que estaba ocurriendo. No había más prensa. Estaban solos. Completamente solos y rodeados. Daniel sintió miedo. No por su seguridad, no por las armas, no por los rostros enardecidos. Admite que en ese momento pensó en el equipo pero se tranquilizó… otra cámara perdida no significaba mucho. Los pobladores levantaron los brazos: era la señal de que no había problema con los intrusos.

Encerrados en un improvisado cuartel, reconstruyeron la historia. El pueblo había formado su propia policía. Miembros del partido oficial Lavalas habían matado a 12 civiles en los últimos tres días.

Una camioneta salió del pueblo en busca de los asesinos. Se organizaba la venganza.
Pasaron dos, quizá tres horas. De repente tiros. Oyeron tiros, gritos. Daniel salió corriendo. El fotógrafo, el fuereño, el intruso, el extranjero, el periodista había dejado de existir para la gente.

Haití, Vivir la muerte
De la serie Haití, vivr la muerte, Petit Goave © Daniel Aguilar, 2004

En la camioneta traían a un hombre con las manos atadas. Había sido identificado como uno de los asesinos. La gente se acercó para golpearlo. Intentando controlar y meter orden, el también improvisado comisario lanzó tiros al aire, ordenó que lo subieran a la camioneta de vuelta.

Daniel se hace invisible. Nadie lo ve. Nadie le habla. Él mismo olvida su propia presencia. Sin pensarlo, se sube con él. Escucha los golpes. Siente los gritos. Palpa la furia de quienes están afuera tratando de acercarse al asesino.

A través de su cámara, Daniel ve un rostro, la mirada fija, los ojos sin expresión, incluso cuando una bota le aplasta el rostro para mantenerlo quieto. La verdad es que ni siquiera es necesario. Sin la bota presionando hacia la ventana o, aún, sin ataduras en las manos, estaría quieto, con la mirada fija. Estaría ahí inmóvil, mirando a Daniel sin mirarlo.

Daniel baja de la camioneta. Piensa que se lo llevarán a otra parte. Pero juicio o no juicio debe hacerlo el pueblo. Y el pueblo sigue a la camioneta, no la dejarían pasar. No se llevarán al asesino a ningún lado.

Haití, Vivir la muerte
De la serie Haití, vivr la muerte, Petit Goave © Daniel Aguilar, 2004

La gente corre hacia el vehículo de nuevo. Daniel corre. Alguien lo rebasa con una enorme piedra en las manos.

No, no, no, grita Daniel. O a lo mejor cree que grita o tal vez no oye su voz. O nadie lo oye. Ahora que lo recuerda, piensa que su grito se pierde como en un estadio de futbol, justo en una gran jugada, como si estuviera sentado hasta arriba, solo en medio de una multitud enardecida.

El hombre de la mirada perdida está ya en una zanja. Unos y otros levantan piedras, se las lanzan. Es como una fiesta… hay una algarabía incomprensible. Daniel siente ganas de llorar. Pero toma las fotos mientras la sangre salpica su cámara.

Pero el ritual de muerte no ha terminado. El hombre todavía mueve las manos. El machete se acciona. Y entonces traen las llantas, una en el cuello en forma de collar, esa, la que asegura que su espíritu no se quede en el pueblo. Daniel ve el chorro de gasolina y el hombre aún se mueve. Luego todo se vuelve llamas.
Y vuelve la aparente calma.

Daniel se da cuenta de que está ahí, de que existe.

Daniel regresó a Puerto Príncipe. Una, dos cervezas. Tenía que aclarar la mente e intentar digerir lo que nunca había visto: muertos sí, pero no a la muerte. El proceso, la violencia, el horror. Todavía no podía decidir qué hacer. Qué mandar. Cómo explicar.
Cuando le mostró al reportero de Reuters las tomas, éste no pudo hablar. Así que Daniel mandó una serie a la mesa. Pero de allá le piden todo: 20 fotos, una secuencia de los 54 minutos exactos de horror.

Haití, Vivir la muerte
De la serie Haití, vivr la muerte, Petit Goave © Daniel Aguilar, 2004

En esas imágenes todos somos testigos. Todos tomamos la cámara y seguimos al hombre de la mirada fija. La presencia de Daniel Aguilar no se advierte. Nadie voltea al objetivo, nadie parece haberse dado cuenta del extranjero, del periodista, del hombre que estaba ahí sin estarlo.

Daniel no quiere, nunca quiso, retratar la barbarie. Jamás pensaría en lucrar con la muerte de un hombre. Sólo quería decirlo y lo dijo: la violencia seguía ahí… aunque los marines patrullaran. n


daniel.aguilar@reuters.com

 
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