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Número 65 Abr - May 2004
 

Héctor Herrera
Historiador gráfico de la familia mexicana
Por:Adriana Malvido


 

Héctor Herrera

La fotografía es el lugar mágico donde se reproduce el espectáculo de la vida. Héctor Herrera lo afirma con la vehemencia que le dan 50 años como fotógrafo; como nieto, hijo y padre dentro de una dinastía de cuatro generaciones que ha retratado a México durante tres siglos. Y con la pasión de quien considera que “el paisaje más bello de la naturaleza es el rostro humano”.

Detrás de la cámara, sus ojos de azul transparente han mirado y capturado miles de rostros: el de las familias mexicanas, el de los artistas, los intelectuales, los periodistas, y el del poder en todas sus expresiones: el económico, el religioso y el político, sobre todo, como autor de la fotografía oficial del Presidente de México en tres ocasiones.

Su mirada profunda sabe ir más hondo de lo que ve y lo convierte en testigo privilegiado de su tiempo. Y todo, a partir de medio siglo de mirar al mundo desde un estudio fotográfico cuya excelencia lo ha llevado a exponer su obra y a dar seminarios y conferencias a 27 países de cuatro continentes, de Brasil a Filipinas, de Canadá al Medio Oriente y de España a China. Es uno de los 40 miembros de la Cameracraftsmen of America; recibió el máximo reconocimiento en su género con el Premio Internacional de la Sociedad Americana de Fotógrafos (1998) y luego el Premio Nacional de la Sociedad Mexicana de Fotógrafos Profesionales (1999).

El retrato de una persona, dice, está en sus ojos y se hace antes de usar la cámara. La fotografía: “Es un área muy sensible donde el mundo material y el de los sentimientos se fusionan; es la frontera entre la ciencia y el arte”. El retrato fotográfico: “la reproducción más perfecta y avanzada del ser humano”. El reto: “La única manera de lograr un buen retrato, es si está hecho con emoción”.

Héctor Herrera
José Luis Cuevas. Foto para la presentación de su exposición Crime by Cuevas ©Héctor Herrera, 1968

Orígenes

Cuando a Héctor Herrera le preguntan sobre su origen, responde: “nací en la fotografía”. Y es que esta historia comenzó en Puebla cuando su abuelo José María se hizo fotógrafo en 1896, antes de trasladarse al Centro de la ciudad de México donde estableció su estudio. Sigue con su padre, Armando, quien nace en plena Revolución en 1913 para convertirse, a partir de 1934, en “El fotógrafo de las estrellas”; continúa con él y se prolonga con sus hijos.

Pedro Infante, María Félix, Cantinflas, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Agustín Lara, Tin Tán, Resortes, Rosa Carmina, Lilia Michel, Tongolele, Elsa Aguirre, Silvia Pinal y un sin fin de artistas tenían que pasar por el estudio de don Armando para consolidar su carrera. El resultado: un archivo de 7 mil negativos y el libro Armando Herrera, El fotógrafo de las Estrellas (1996), que editó Héctor y que muestra con orgullo junto a los premios que ha recibido la publicación.

Cuando habla de su padre, otro joven de 91 años, a Héctor se le iluminan los ojos: “retrató a los personajes que hicieron vibrar a México y al mundo de habla hispana en la llamada Época de Oro del espectáculo (1934-1960); dominó la técnica del blanco y negro basando su estilo en una iluminación exquisita para modelar los rostros. Volcó su pasión por la luz en el incansable deseo de proyectar el carisma de los artistas; y plasmó para siempre ‘la imagen ideal’ de los famosos en retratos que perdurarán con cariño en la memoria de un pueblo”.

Pero Héctor quería ser torero, y fue Paco Malgesto quien lo desanimó: “tú no sirves para esto, convéncete desde ahora para que no seas un amargado toda la vida”. Y Héctor siempre se lo agradeció. Luego quiso ser actor y también estudió dos años de Arquitectura, pero ganó el peso de la herencia o el destino y muy joven se convirtió en fotógrafo y su padre y sus tíos Isunza y Félix Leonelli, en sus principales maestros, además de sus colegas Armando Salas Portugal, Francisco Vives, Arno Brehme… de quienes aprendía “nada más de verlos”.

Héctor Herrera
Salvador Novo en el despacho de su casa en Coyoacán ©Héctor Herrera, 1968

El amor en las paredes

A lo largo de cuatro generaciones “las paredes de las casas, han tenido una función fundamental que es nuestro mayor orgullo”. Sí, explica Héctor, el mexicano, por tradición, “cuelga el amor en las paredes”. La mayoría tiene ahí: a la Virgen Guadalupe, al artista de moda (desde Pedro Infante hasta Luis Miguel); a un deportista (desde Hugo Sánchez hasta Ana Guevara) y, desde luego, al Presidente en turno, sin dejar a un lado la foto del abuelo, la madre, el hijo… Para él, las paredes son un indicador cultural: “La gente más pudiente ya no tiene muros sino cristales y entonces coloca las fotos sobre mesitas, pero si te vas a los estados, a los pueblos, a los rincones más recónditos, la tradición sigue viva”.

A Héctor le enorgullece que muchas de esas fotografías nacieron en su cámara.

El retrato del poder

Cuando ha retratado al Presidente, Héctor no sólo hace la foto oficial. Hace el retrato de un hombre a quien, en el momento de tomar posesión y vestir la banda presidencial “le cambia todo el mundo”; un hombre que “está fuera de sí, etérea y realmente, un hombre en éxtasis”.

Su primera experiencia fue con José López Portillo. Y marcó la diferencia. Hay que imaginarse la escena: El fotógrafo, nervioso, espera su llegada a Palacio Nacional. El nuevo presidente ha dado un discurso impactante que Herrera escucha por la radio tomando notas. Se oye una gran ovación y algarabía en las calles, mientras López Portillo ingresa en el despacho presidencial.

Héctor Herrera
Curro Rivera. Imagen que ilustró el cartel de las mil corridas de Curro © Héctor Herrera, 1985

—Señor presidente, gracias por darme la oportunidad de retratarlo. Si me permite, yo le voy a hacer una serie de preguntas y deseo que usted me las responda con actitudes y expresiones.

Contrario a la tradición de retratarlo sentado en la silla presidencial “porque para muchos nadie es presidente hasta que se sienta en esa silla”, Herrera le pide que hagan la foto de pie “porque yo pensaba que en ese momento México necesitaba un hombre firme, de pie, entero, con energía y no que se viera sentado”.

—Señor Presidente, dígame usted con su actitud con qué disposición o energía gobernará este país—.

“Fue cuando él se quitó el Rolex, lo aventó sobre una mesa de mármol y puso con energía el puño sobre la mesa. Y esa fue la foto oficial”.

Además, ha sido el fotógrafo de las familias presidenciales y de las de grandes ejecutivos. “Y he descubierto que dentro de casa todos somos iguales, ahí no importa qué tan popular o cuántos millones tiene el señor, ahí lo que importa al cerrar la puerta es constatar que estamos completos y que podemos amanecer mañana”.

Héctor Herrera recién había inaugurado su estudio en Jardines del Pedregal, el primer gran estudio en México, cuando Miguel De la Madrid asumió la presidencia. También hizo su retrato oficial. Y luego el de Carlos Salinas de Gortari quien, afirma Héctor “siempre fue muy acucioso en la cuestión fotográfica, más que ninguno”.

La foto oficial, comenta, es muy difícil porque tiene tantas interpretaciones como habitantes tiene el país “por eso lo más importante es la expresión del presidente, la señal que éste quiere enviarle al pueblo”, sin retoques.

La labor de un fotógrafo de retrato, reflexiona, no es tomar fotos sino hacerlas. Es decir: “tengo que imaginarlas en mi cabeza, sentirlas con el corazón y hacerlas con deleite”.

Héctor Herrera
Eduardo Mata © Héctor Herrera, 1995

Para “el poder”, asegura Herrera, “la imagen siempre ha sido lo más importante, o lo era hasta ahora, porque por primera vez no hay una foto oficial del Presidente. Es extraño ya que a Vicente Fox, más que los discursos, fue el manejo de su imagen lo que lo llevó a la presidencia. Y le hubiera ayudado mucho acompañar con su imagen al esfuerzo cotidiano de todas las familias que acostumbran colgar la foto. Con Fox se cortó la tradición, pero bueno, se cortaron muchas cosas”.

Después de la foto oficial de Salinas “mi vida de fotógrafo cambió, me salí de la cámara para convertirme en director de escena y así me he realizado a plenitud. Tengo un excelente staff y lo que no pierdo, lo más importante, es la relación con la persona que estoy retratando”.

El enamoramiento, inevitable

Con el retratado, Héctor establece un vínculo intenso: “Hay una especie de enamoramiento, de entrega mutua, de confianza, de dos que quieren llegar a un fin común. Tienes que aprender a acercarte a las personas y a sentirlas. Pero sin tocarlas jamás.”

La cámara, como el micrófono o la grabadora, es agresiva, advierte. Por eso, “si tu no inspiras confianza, el retrato no funciona”.

“Mi padre solía platicar con la gente. Había que tener una disposición especial para manejar aquellos grandes personajes como Pedro Armendáriz o Arturo de Córdoba. Con él aprendí que ellos tenían que retratarse solos, pero que debías llevarlos a ese punto donde tú querías que llegaran y captarlos. Como el torero lleva a los toros. Como el psicoanalista al paciente.

Héctor Herrera
Manos del Papa Juan Pablo II ©Héctor Herrera, 1979

“Tú retratas a la gente con palabras, yo lo hago con imágenes. Y tu expresión y tus preguntas y el tono en que las hagas harán la diferencia. Así, la primera imagen que damos los fotógrafos es nuestra propia imagen y ésta debe ser sincera. Yo primero retrato, sin cámara, a la persona, cuando la llevo al estudio ya nada más capturo la imagen. Por eso se dice re-tratar, volver a tratar a la gente”.

La clave, continúa, está en la distancia. “Para todo hay una distancia en la vida. Encontrarla es la diferencia entre el amor y el odio. La distancia en los toros, la distancia en el ballet, la distancia entre cada nota que establece un director de orquesta, puede hacer la diferencia. Encontrar esa distancia con la persona retratada es muy difícil pero de eso depende un buen retrato”.

Esto, cuenta divertido, lo aprendió cuando en sus inicios recibió la comisión de retratar al Cordobés en la Plaza México. El, que es un aficionado irredento, se sorprendió cuando vio al torero frente a él, tan cerca, tan en punto, tan perfecto para la foto, que se quedó paralizado y no hizo nada. “Me ganó la afición, me fui, me fui, literalmente me apendejé”. Esa, dice, “fue la lección de mi vida, aprendí que no tenía que esperar al Cordobés sino hacer mi trabajo, desde entonces entendí el valor de la distancia”.

Detrás de cada fotografía de Héctor Herrera hay toda una historia. Y también, comenta, “una úlcera y una operación de columna, porque soy tan intenso y tan sensible, que todo me hace daño, lo bueno y lo malo, aún así estoy bien y puedo hacer lo que sea”.

Héctor Herrera
Carlos Slim en sus oficinas en Paseo de las Palmas © Héctor Herrera, 1985

Un día le propuso a José Luis Cuevas hacer un retrato donde el dibujante apareciera sentado en un globo terráqueo, pero además le pidió que hiciera unos trazos en el cristal de la cámara y otros en un cristal sobre su mano. Justo en el momento del disparo, el globo se deshizo, cayó Cuevas y el cristal le cortó las manos. Héctor sufrió un shock al ver “¡las manos del pintor rajadas!” y se desmayó. En cambio, Cuevas se cambió de ropa, se lavó, se puso curitas en los dedos y realizaron otra foto, en la azotea, que Héctor considera como “el mejor retrato que le he hecho a José Luis”.

La fotografía, para él, es una ciencia que se convierte en arte cuando despierta una emoción. Y la emoción “es el ingrediente más importante en el arte de la fotografía”.

Cuenta que cuando vino el Papa Juan Pablo II por primera vez, lo esperó en un montacargas con una cámara lista en cada mano. La escena, en Puebla, conmovió al Papa que nunca había visto a un millón de gentes así. Cuando terminó de retratarlo, Héctor no sabía que había logrado la mejor foto del Papa en México, pero se descubrió empapado en lágrimas.

Durante la segunda visita del Papa, Héctor lo retrató en la Nunciatura y al momento de agacharse ante Juan Pablo II, éste le puso la mano sobre la cabeza y el fotógrafo se dio cuenta que tenía frente a su cámara el pie del Papa Peregrino echado hacia delante. Disparó sabiendo que podrían sacarlo de ahí “pero me arriesgué y tomé esa foto” que ha viajado por todo el mundo.Las imágenes, una necesidad ancestral “La imagen siempre ha acompañado al ser humano.

Desde el hombre de las cavernas que dibujó en los muros, hasta el artista digital, la humanidad, y hablo de todas las culturas, siempre ha necesitado retratarse y tener de cerca imágenes que le resultan familiares. Y no hay en este país o en el mundo, quien no traiga en la cartera la foto de un ser querido o la imagen de un santo”.

Héctor Herrera
Humberto Peraza © Héctor Herrera, 1994

Pero hoy, dice, se vive un parteaguas. Por un lado la globalización, a través de los medios, “ha hecho que todos nos parezcamos más” y se han “fracturado tradiciones mexicanas muy arraigadas en la cultura mexicana”. Por ejemplo: “Si mi padre tenía de 15 a 20 primeras comuniones en un día, yo retrato 5 o 10 al año. Los XV años olvídate, ya casi nadie quiere ponerse esos vestidos largos y caminar en medio de hielo seco. Lo que más persiste son los encargos de fotos de boda, pero muchos rompen las imágenes al año porque las parejas truenan rapidísimo. La “familia mexicana tradicional” está desapareciendo.

Todo eso, dice, ha impactado a los estudios fotográficos. Pero también el desarrollo tecnológico, la digitalización y el que casi todo mundo tenga una cámara para retratarse. Si a principios de siglo XX, nada más en el centro de la ciudad de México, había más de 150 fotógrafos que retrataban familias, para la segunda mitad del siglo sólo quedaban 50 o 60 en toda la ciudad y hoy, los estudios importantes no llegan a tres o cuatro.

“De todos modos, la gente sigue teniendo la necesidad de retratarse y la prueba es el boom de nuevas empresas digitales que procesan cámaras pequeñísimas, muy veloces y tan fáciles de manejar que estamos regresando a lo de antes: apretar un botón y ya. La gente está fascinada con la inmediatez, retrata, ve la foto en el instante, la baja a su computadora… pero ya no tiene el tiempo para guardarla en un álbum. Es decir, que como el fast food que satisface el hambre de inmediato sin importar la calidad del alimento, la gente satisface la necesidad momentánea de retratarse y lo que pasa con la foto después no importa”.

Pero a la larga, lejos de desaparecer, el fotógrafo profesional “será mucho más apreciado”, advierte Héctor. Y abunda: “Desde hace 10 años ingresé al mundo digital para adecuar la tecnología de punta a las tradiciones y es una maravilla, pero en el fondo, quien está detrás del instrumento tecnológico, lo que piensa, siente y quiere expresar, sigue siendo lo esencial”.

Héctor Herrera
Zuñiga © Héctor Herreraa, 1987

Herrera cumplirá pronto 70 años que esconde sin retoques. Y es que, dice: “Yo me nutro de la juventud del equipo que he formado. Ellos me alimentan con su conocimiento de la vida actual, de cómo ven el mundo, de lo que les rodea, de sus sensaciones”.

También se ha nutrido de sus incansables viajes por todo el mundo. Es llamado el “Historiador gráfico de la familia mexicana”, el “gran maestro del retrato en Latinoamérica”; logró que por primera vez se reconociera la autoría de una foto oficial y se firmara; y sus innovaciones: una nueva arquitectura para la operación de los estudios, los retratos en exteriores y jardines, la introducción de flashes y tecnología electrónica, del uso del color y los montajes en lienzo, entre otras cosas, le han dado un prestigio internacional.

Pero de toda su experiencia, lo que más le satisface tiene otro rostro: “Haber participado en los mejores momentos de miles de personas, desde la niña de sexto año que se toma la foto de su credencial, hasta la foto del Presidente o la de la familia humilde que llega con sus ahorros a retratarse. La oportunidad de retener esos momentos para la gente, es lo más gratificante.”

Héctor, Catalina, Yolanda, Ana Lourdes y Juan Pedro, sus hijos, continúan, en diferentes campos, la tradición fotográfica que inició su bisabuelo en el siglo XIX para conformar el clan de “Los Herrera”.

“Yo no construí emporio alguno, me he jugado mi patrimonio varias veces por un proyecto o una foto; trabajo para vivir y estar presente. Y digo que nada vale más que cerrar la puerta de tu casa, ser lo que en verdad eres y al otro día volver a empezar”.

Héctor Herrera
Los Herrera: Armando, Héctor, Catalina, Héctor, Armando, Ana Lourdes y Juan Pedro Herrera; todos dedicados a la fotografía en diversas áreas 1995

Este año, Héctor cumple también cinco décadas como fotógrafo. Su primer trabajo, en 1954, fue en Nueva York retratando un desfile de modas de Ramón Valdiosera en el Hotel Statler. Ese mismo año retrató la Fundidora de Monterrey. Entonces no imaginaba que 50 años después, volvería al mismo sitio para realizar la foto oficial de la Cumbre de las Américas que muestra en el aparador de su estudio sobre la calle de Leibnitz.

¿Por qué luce tan natural la sonrisa de los presidentes en esa imagen? Cuenta Héctor que ya estaban en su sitio todos los mandatarios cuando llegó, tarde, Hugo Chávez, presidente de Venezuela. Héctor Herrera, hijo, le pide a George Bush que se mueva hacia la derecha un poco para no tapar al de atrás. Segundos después le pide a Chávez que se haga lo más que pueda a su izquierda. Y éste le contesta: “No, a la izquierda ya me hice lo más que puedo”. Y cuando todos reían el fotógrafo hizo click.

Íntimo amigo y doble compadre de Curro Rivera, Héctor no duda en responder a la pregunta ¿cómo te gustaría festejar tu aniversario? con un: “pues toreando una vaca”.

Y es que, concluye, “la vida es exactamente igual al toreo: cada quien su terreno, todo es cuestión de valor y entrega”.

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