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La
fotografía es el lugar mágico donde se reproduce
el espectáculo de la vida. Héctor Herrera lo
afirma con la vehemencia que le dan 50 años como fotógrafo;
como nieto, hijo y padre dentro de una dinastía de
cuatro generaciones que ha retratado a México durante
tres siglos. Y con la pasión de quien considera que
“el paisaje más bello de la naturaleza es el
rostro humano”.
Detrás de la cámara, sus ojos de azul transparente
han mirado y capturado miles de rostros: el de las familias
mexicanas, el de los artistas, los intelectuales, los periodistas,
y el del poder en todas sus expresiones: el económico,
el religioso y el político, sobre todo, como autor
de la fotografía oficial del Presidente de México
en tres ocasiones.
Su mirada profunda sabe ir más hondo de lo que ve y
lo convierte en testigo privilegiado de su tiempo. Y todo,
a partir de medio siglo de mirar al mundo desde un estudio
fotográfico cuya excelencia lo ha llevado a exponer
su obra y a dar seminarios y conferencias a 27 países
de cuatro continentes, de Brasil a Filipinas, de Canadá
al Medio Oriente y de España a China. Es uno de los
40 miembros de la Cameracraftsmen of America; recibió
el máximo reconocimiento en su género con el
Premio Internacional de la Sociedad Americana de Fotógrafos
(1998) y luego el Premio Nacional de la Sociedad Mexicana
de Fotógrafos Profesionales (1999).
El
retrato de una persona, dice, está en sus ojos y se
hace antes de usar la cámara. La fotografía:
“Es un área muy sensible donde el mundo material
y el de los sentimientos se fusionan; es la frontera entre
la ciencia y el arte”. El retrato fotográfico:
“la reproducción más perfecta y avanzada
del ser humano”. El reto: “La única manera
de lograr un buen retrato, es si está hecho con emoción”.
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| José
Luis Cuevas. Foto para la presentación de su
exposición Crime by Cuevas ©Héctor
Herrera, 1968 |
Orígenes
Cuando a Héctor Herrera le preguntan sobre su origen,
responde: “nací en la fotografía”.
Y es que esta historia comenzó en Puebla cuando su
abuelo José María se hizo fotógrafo en
1896, antes de trasladarse al Centro de la ciudad de México
donde estableció su estudio. Sigue con su padre, Armando,
quien nace en plena Revolución en 1913 para convertirse,
a partir de 1934, en “El fotógrafo de las estrellas”;
continúa con él y se prolonga con sus hijos.
Pedro Infante, María Félix, Cantinflas, Jorge
Negrete, Pedro Armendáriz, Agustín Lara, Tin
Tán, Resortes, Rosa Carmina, Lilia Michel, Tongolele,
Elsa Aguirre, Silvia Pinal y un sin fin de artistas tenían
que pasar por el estudio de don Armando para consolidar su
carrera. El resultado: un archivo de 7 mil negativos y el
libro Armando Herrera, El fotógrafo de las Estrellas
(1996), que editó Héctor y que muestra con orgullo
junto a los premios que ha recibido la publicación.
Cuando habla de su padre, otro joven de 91 años, a
Héctor se le iluminan los ojos: “retrató
a los personajes que hicieron vibrar a México y al
mundo de habla hispana en la llamada Época de Oro del
espectáculo (1934-1960); dominó la técnica
del blanco y negro basando su estilo en una iluminación
exquisita para modelar los rostros. Volcó su pasión
por la luz en el incansable deseo de proyectar el carisma
de los artistas; y plasmó para siempre ‘la imagen
ideal’ de los famosos en retratos que perdurarán
con cariño en la memoria de un pueblo”.
Pero Héctor quería ser torero, y fue Paco Malgesto
quien lo desanimó: “tú no sirves para
esto, convéncete desde ahora para que no seas un amargado
toda la vida”. Y Héctor siempre se lo agradeció.
Luego quiso ser actor y también estudió dos
años de Arquitectura, pero ganó el peso de la
herencia o el destino y muy joven se convirtió en fotógrafo
y su padre y sus tíos Isunza y Félix Leonelli,
en sus principales maestros, además de sus colegas
Armando Salas Portugal, Francisco Vives, Arno Brehme…
de quienes aprendía “nada más de verlos”.
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| Salvador
Novo en el despacho de su casa en Coyoacán ©Héctor
Herrera, 1968 |
El
amor en las paredes
A lo largo de cuatro generaciones “las paredes de las
casas, han tenido una función fundamental que es nuestro
mayor orgullo”. Sí, explica Héctor, el
mexicano, por tradición, “cuelga el amor en las
paredes”. La mayoría tiene ahí: a la Virgen
Guadalupe, al artista de moda (desde Pedro Infante hasta Luis
Miguel); a un deportista (desde Hugo Sánchez hasta
Ana Guevara) y, desde luego, al Presidente en turno, sin dejar
a un lado la foto del abuelo, la madre, el hijo… Para
él, las paredes son un indicador cultural: “La
gente más pudiente ya no tiene muros sino cristales
y entonces coloca las fotos sobre mesitas, pero si te vas
a los estados, a los pueblos, a los rincones más recónditos,
la tradición sigue viva”.
A Héctor le enorgullece que muchas de esas fotografías
nacieron en su cámara.
El retrato del poder
Cuando ha retratado al Presidente, Héctor no sólo
hace la foto oficial. Hace el retrato de un hombre a quien,
en el momento de tomar posesión y vestir la banda presidencial
“le cambia todo el mundo”; un hombre que “está
fuera de sí, etérea y realmente, un hombre en
éxtasis”.
Su primera experiencia fue con José López Portillo.
Y marcó la diferencia. Hay que imaginarse la escena:
El fotógrafo, nervioso, espera su llegada a Palacio
Nacional. El nuevo presidente ha dado un discurso impactante
que Herrera escucha por la radio tomando notas. Se oye una
gran ovación y algarabía en las calles, mientras
López Portillo ingresa en el despacho presidencial.
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| Curro
Rivera. Imagen que ilustró el cartel de las mil
corridas de Curro © Héctor Herrera, 1985 |
—Señor
presidente, gracias por darme la oportunidad de retratarlo.
Si me permite, yo le voy a hacer una serie de preguntas y
deseo que usted me las responda con actitudes y expresiones.
Contrario a la tradición de retratarlo sentado en la
silla presidencial “porque para muchos nadie es presidente
hasta que se sienta en esa silla”, Herrera le pide que
hagan la foto de pie “porque yo pensaba que en ese momento
México necesitaba un hombre firme, de pie, entero,
con energía y no que se viera sentado”.
—Señor Presidente, dígame usted con su
actitud con qué disposición o energía
gobernará este país—.
“Fue cuando él se quitó el Rolex, lo aventó
sobre una mesa de mármol y puso con energía
el puño sobre la mesa. Y esa fue la foto oficial”.
Además, ha sido el fotógrafo de las familias
presidenciales y de las de grandes ejecutivos. “Y he
descubierto que dentro de casa todos somos iguales, ahí
no importa qué tan popular o cuántos millones
tiene el señor, ahí lo que importa al cerrar
la puerta es constatar que estamos completos y que podemos
amanecer mañana”.
Héctor Herrera recién había inaugurado
su estudio en Jardines del Pedregal, el primer gran estudio
en México, cuando Miguel De la Madrid asumió
la presidencia. También hizo su retrato oficial. Y
luego el de Carlos Salinas de Gortari quien, afirma Héctor
“siempre fue muy acucioso en la cuestión fotográfica,
más que ninguno”.
La foto oficial, comenta, es muy difícil porque tiene
tantas interpretaciones como habitantes tiene el país
“por eso lo más importante es la expresión
del presidente, la señal que éste quiere enviarle
al pueblo”, sin retoques.
La labor de un fotógrafo de retrato, reflexiona, no
es tomar fotos sino hacerlas. Es decir: “tengo que imaginarlas
en mi cabeza, sentirlas con el corazón y hacerlas con
deleite”.
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| Eduardo
Mata ©
Héctor Herrera, 1995 |
Para
“el poder”, asegura Herrera, “la imagen
siempre ha sido lo más importante, o lo era hasta ahora,
porque por primera vez no hay una foto oficial del Presidente.
Es extraño ya que a Vicente Fox, más que los
discursos, fue el manejo de su imagen lo que lo llevó
a la presidencia. Y le hubiera ayudado mucho acompañar
con su imagen al esfuerzo cotidiano de todas las familias
que acostumbran colgar la foto. Con Fox se cortó la
tradición, pero bueno, se cortaron muchas cosas”.
Después de la foto oficial de Salinas “mi vida
de fotógrafo cambió, me salí de la cámara
para convertirme en director de escena y así me he
realizado a plenitud. Tengo un excelente staff y lo que no
pierdo, lo más importante, es la relación con
la persona que estoy retratando”.
El enamoramiento, inevitable
Con el retratado, Héctor establece un vínculo
intenso: “Hay una especie de enamoramiento, de entrega
mutua, de confianza, de dos que quieren llegar a un fin común.
Tienes que aprender a acercarte a las personas y a sentirlas.
Pero sin tocarlas jamás.”
La cámara, como el micrófono o la grabadora,
es agresiva, advierte. Por eso, “si tu no inspiras confianza,
el retrato no funciona”.
“Mi padre solía platicar con la gente. Había
que tener una disposición especial para manejar aquellos
grandes personajes como Pedro Armendáriz o Arturo de
Córdoba. Con él aprendí que ellos tenían
que retratarse solos, pero que debías llevarlos a ese
punto donde tú querías que llegaran y captarlos.
Como el torero lleva a los toros. Como el psicoanalista al
paciente.
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| Manos
del Papa Juan Pablo II ©Héctor Herrera,
1979 |
“Tú
retratas a la gente con palabras, yo lo hago con imágenes.
Y tu expresión y tus preguntas y el tono en que las
hagas harán la diferencia. Así, la primera imagen
que damos los fotógrafos es nuestra propia imagen y
ésta debe ser sincera. Yo primero retrato, sin cámara,
a la persona, cuando la llevo al estudio ya nada más
capturo la imagen. Por eso se dice re-tratar, volver a tratar
a la gente”.
La clave, continúa, está en la distancia. “Para
todo hay una distancia en la vida. Encontrarla es la diferencia
entre el amor y el odio. La distancia en los toros, la distancia
en el ballet, la distancia entre cada nota que establece un
director de orquesta, puede hacer la diferencia. Encontrar
esa distancia con la persona retratada es muy difícil
pero de eso depende un buen retrato”.
Esto, cuenta divertido, lo aprendió cuando en sus inicios
recibió la comisión de retratar al Cordobés
en la Plaza México. El, que es un aficionado irredento,
se sorprendió cuando vio al torero frente a él,
tan cerca, tan en punto, tan perfecto para la foto, que se
quedó paralizado y no hizo nada. “Me ganó
la afición, me fui, me fui, literalmente me apendejé”.
Esa, dice, “fue la lección de mi vida, aprendí
que no tenía que esperar al Cordobés sino hacer
mi trabajo, desde entonces entendí el valor de la distancia”.
Detrás de cada fotografía de Héctor Herrera
hay toda una historia. Y también, comenta, “una
úlcera y una operación de columna, porque soy
tan intenso y tan sensible, que todo me hace daño,
lo bueno y lo malo, aún así estoy bien y puedo
hacer lo que sea”.
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| Carlos
Slim en sus oficinas en Paseo de las Palmas © Héctor
Herrera, 1985 |
Un
día le propuso a José Luis Cuevas hacer un retrato
donde el dibujante apareciera sentado en un globo terráqueo,
pero además le pidió que hiciera unos trazos
en el cristal de la cámara y otros en un cristal sobre
su mano. Justo en el momento del disparo, el globo se deshizo,
cayó Cuevas y el cristal le cortó las manos.
Héctor sufrió un shock al ver “¡las
manos del pintor rajadas!” y se desmayó. En cambio,
Cuevas se cambió de ropa, se lavó, se puso curitas
en los dedos y realizaron otra foto, en la azotea, que Héctor
considera como “el mejor retrato que le he hecho a José
Luis”.
La fotografía, para él, es una ciencia que se
convierte en arte cuando despierta una emoción. Y la
emoción “es el ingrediente más importante
en el arte de la fotografía”.
Cuenta que cuando vino el Papa Juan Pablo II por primera vez,
lo esperó en un montacargas con una cámara lista
en cada mano. La escena, en Puebla, conmovió al Papa
que nunca había visto a un millón de gentes
así. Cuando terminó de retratarlo, Héctor
no sabía que había logrado la mejor foto del
Papa en México, pero se descubrió empapado en
lágrimas.
Durante la segunda visita del Papa, Héctor lo retrató
en la Nunciatura y al momento de agacharse ante Juan Pablo
II, éste le puso la mano sobre la cabeza y el fotógrafo
se dio cuenta que tenía frente a su cámara el
pie del Papa Peregrino echado hacia delante. Disparó
sabiendo que podrían sacarlo de ahí “pero
me arriesgué y tomé esa foto” que ha viajado
por todo el mundo.Las imágenes, una necesidad ancestral
“La imagen siempre ha acompañado al ser humano.
Desde el hombre de las cavernas que dibujó en los muros,
hasta el artista digital, la humanidad, y hablo de todas las
culturas, siempre ha necesitado retratarse y tener de cerca
imágenes que le resultan familiares. Y no hay en este
país o en el mundo, quien no traiga en la cartera la
foto de un ser querido o la imagen de un santo”.
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| Humberto
Peraza ©
Héctor Herrera, 1994 |
Pero
hoy, dice, se vive un parteaguas. Por un lado la globalización,
a través de los medios, “ha hecho que todos nos
parezcamos más” y se han “fracturado tradiciones
mexicanas muy arraigadas en la cultura mexicana”. Por
ejemplo: “Si mi padre tenía de 15 a 20 primeras
comuniones en un día, yo retrato 5 o 10 al año.
Los XV años olvídate, ya casi nadie quiere ponerse
esos vestidos largos y caminar en medio de hielo seco. Lo
que más persiste son los encargos de fotos de boda,
pero muchos rompen las imágenes al año porque
las parejas truenan rapidísimo. La “familia mexicana
tradicional” está desapareciendo.
Todo eso, dice, ha impactado a los estudios fotográficos.
Pero también el desarrollo tecnológico, la digitalización
y el que casi todo mundo tenga una cámara para retratarse.
Si a principios de siglo XX, nada más en el centro
de la ciudad de México, había más de
150 fotógrafos que retrataban familias, para la segunda
mitad del siglo sólo quedaban 50 o 60 en toda la ciudad
y hoy, los estudios importantes no llegan a tres o cuatro.
“De todos modos, la gente sigue teniendo la necesidad
de retratarse y la prueba es el boom de nuevas empresas digitales
que procesan cámaras pequeñísimas, muy
veloces y tan fáciles de manejar que estamos regresando
a lo de antes: apretar un botón y ya. La gente está
fascinada con la inmediatez, retrata, ve la foto en el instante,
la baja a su computadora… pero ya no tiene el tiempo
para guardarla en un álbum. Es decir, que como el fast
food que satisface el hambre de inmediato sin importar la
calidad del alimento, la gente satisface la necesidad momentánea
de retratarse y lo que pasa con la foto después no
importa”.
Pero a la larga, lejos de desaparecer, el fotógrafo
profesional “será mucho más apreciado”,
advierte Héctor. Y abunda: “Desde hace 10 años
ingresé al mundo digital para adecuar la tecnología
de punta a las tradiciones y es una maravilla, pero en el
fondo, quien está detrás del instrumento tecnológico,
lo que piensa, siente y quiere expresar, sigue siendo lo esencial”.
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| Zuñiga
©
Héctor Herreraa, 1987 |
Herrera
cumplirá pronto 70 años que esconde sin retoques.
Y es que, dice: “Yo me nutro de la juventud del equipo
que he formado. Ellos me alimentan con su conocimiento de
la vida actual, de cómo ven el mundo, de lo que les
rodea, de sus sensaciones”.
También se ha nutrido de sus incansables viajes por
todo el mundo. Es llamado el “Historiador gráfico
de la familia mexicana”, el “gran maestro del
retrato en Latinoamérica”; logró que por
primera vez se reconociera la autoría de una foto oficial
y se firmara; y sus innovaciones: una nueva arquitectura para
la operación de los estudios, los retratos en exteriores
y jardines, la introducción de flashes y tecnología
electrónica, del uso del color y los montajes en lienzo,
entre otras cosas, le han dado un prestigio internacional.
Pero de toda su experiencia, lo que más le satisface
tiene otro rostro: “Haber participado en los mejores
momentos de miles de personas, desde la niña de sexto
año que se toma la foto de su credencial, hasta la
foto del Presidente o la de la familia humilde que llega con
sus ahorros a retratarse. La oportunidad de retener esos momentos
para la gente, es lo más gratificante.”
Héctor, Catalina, Yolanda, Ana Lourdes y Juan Pedro,
sus hijos, continúan, en diferentes campos, la tradición
fotográfica que inició su bisabuelo en el siglo
XIX para conformar el clan de “Los Herrera”.
“Yo no construí emporio alguno, me he jugado
mi patrimonio varias veces por un proyecto o una foto; trabajo
para vivir y estar presente. Y digo que nada vale más
que cerrar la puerta de tu casa, ser lo que en verdad eres
y al otro día volver a empezar”.
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| Los
Herrera: Armando, Héctor, Catalina, Héctor,
Armando, Ana Lourdes y Juan Pedro Herrera; todos dedicados
a la fotografía en diversas áreas 1995 |
Este
año, Héctor cumple también cinco décadas
como fotógrafo. Su primer trabajo, en 1954, fue en
Nueva York retratando un desfile de modas de Ramón
Valdiosera en el Hotel Statler. Ese mismo año retrató
la Fundidora de Monterrey. Entonces no imaginaba que 50 años
después, volvería al mismo sitio para realizar
la foto oficial de la Cumbre de las Américas que muestra
en el aparador de su estudio sobre la calle de Leibnitz.
¿Por qué luce tan natural la sonrisa de los
presidentes en esa imagen? Cuenta Héctor que ya estaban
en su sitio todos los mandatarios cuando llegó, tarde,
Hugo Chávez, presidente de Venezuela. Héctor
Herrera, hijo, le pide a George Bush que se mueva hacia la
derecha un poco para no tapar al de atrás. Segundos
después le pide a Chávez que se haga lo más
que pueda a su izquierda. Y éste le contesta: “No,
a la izquierda ya me hice lo más que puedo”.
Y cuando todos reían el fotógrafo hizo click.
Íntimo amigo y doble compadre de Curro Rivera, Héctor
no duda en responder a la pregunta ¿cómo te
gustaría festejar tu aniversario? con un: “pues
toreando una vaca”.
Y es que, concluye, “la vida es exactamente igual al
toreo: cada quien su terreno, todo es cuestión de valor
y entrega”.
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