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Los
senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León ©
Lorenzo Armendáriz
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Caminar.
Seguir caminando sin lograr ver el destino; caminar alentados
por el canto, el rezo y la certidumbre que infunde el mismo
camino que no es sino el ancho horizonte. Los peregrinos caminan
en el desierto; al parecer, de donde vienen no hay nada, a
donde van no hay nada: sólo el inmenso paisaje, la
tierra que pisan, el cielo cambiante. Y siguen caminando.
“Lo excitante del viaje no es el destino, sino el camino
que lleva hasta él”, afirma Lorenzo Armendáriz
(1961) para dar sustento al proyecto El viaje… dos realidades:
una propuesta documental, por el que obtuvo la beca del Sistema
Nacional de Creadores por un periodo de tres años.
El proyecto está dividido en dos ejes: El pueblo de
Dios, que da continuidad a su investigación sobre los
gitanos, ahora en Sudamérica y Los senderos de la fe,
que se centra en las peregrinaciones religiosas del norte,
centro y sur del país. De éste ensayo se ofrecen
ahora las imágenes resultado de su indagación
en la zona norte, en que se documentan las peregrinaciones
a los santuarios del Niño Fidencio en Espinazo, Nuevo
León; del Santo Niño de Atocha en Plateros,
Zacatecas y de la Virgen de la Sierrita en la Sierra de Gamón,
Durango. El uso de distintas cámaras, formatos y películas
tiene una compleja intención estética, que busca
transmitir la propia complejidad de rasgos culturales subyacentes
en la cosmovisión de distintos pueblos.
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| Los
senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León ©
Lorenzo Armendáriz |
Sabemos
que México es uno y muchos. De entrada afirmemos que
geografía es cultura, y que la división Mesoamérica
y Aridoamérica ha sido casi soslayada cuando se habla
del país (que prefiere representarse en la primera,
allegándose la imagen de la cornucopia: agua, verdor,
frutos, pueblos, civilizaciones). Casi ignota para el centro,
escasamente registrada o vista, Aridoamérica late al
pulso del sol candente y la sequía, la anchura de la
tierra que más se ensancha conforme más al norte
se llega y el espectáculo de la luz que se ordena en
celajes y espejismos, cuando no anda tiñendo de azul
cielo el cielo o creando mares invertidos —con playas
y oleaje— al cambiar las nubes blancas en púrpuras,
violáceas, rojas, naranjas, lilas y rosas. Huizaches,
candelilla y gobernadora.
Tierra y polvo, terregales y tolvaneras. Desierto. Por este
escenario se desplaza un pueblo creyente —las más
de las veces oculto por la distancia y las condiciones climáticas—
cuyos rituales, ceremonias y prácticas son poco conocidas.
Armendáriz ha caminado como un peregrino más,
de tal suerte que su visión es la de alguien inserto
en la vivencia común y compartida de quienes marchan
buscando no el ir de un lugar a otro, sino el tránsito
de un estado emocional a una experiencia mística y
renovadora; llevar el cuerpo al extremo del cansancio, insertar
el propio en un cansancio colectivo; rendirse al “no
puedo más” y sumarse nuevamente a la caminata
—a pesar de las ampollas y el dolor y la sed—,
transformará la percepción y la concepción
de las cosas. Por ello, al captar el paisaje —cielo
y tierra y cómo cambian conforme la peregrinación
avanza—, se ocupará también del paisaje
del cuerpo y sus modificaciones: los peregrinos mudan, su
modo de caminar cambia, sus rostros expuestos reflejan emociones
distintas, actitudes y miradas no son las mismas, la piel
se curte con la resolana y el polvo y las lágrimas.
Así como la panorámica puede servir para hacer
caber un horizonte lejano y sin interrupciones, ahora Armendáriz
fragmenta la narrativa al proponer la sucesión de un
discurso interrumpido por líneas perpendiculares (el
asta de un estandarte, una cruz) para colocar un rostro en
primer plano, seguido de la escena del penitente de rodillas,
como si se tratara de dos imágenes; con este mismo
recurso exalta la mirada serena de un joven que no parece
percatarse del Sagrado Corazón y la bandera tricolor
que vienen de frente, porque su vista se dirige hacia un ángulo
que se conjuga con los trazados por un toldo y otros elementos;
en la texturizada poza de lodo, la sombra de las banderolas
de papel picado divide la escena en dos, de un lado el gordo
adolescente se sumerge en su propia sombra, del otro, y en
dirección opuesta, el niño lleva la mano al
rostro ante la presencia de dos niñas y la que está
de pie, vuelve a dividir el plano.
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| Los
senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León ©
Lorenzo Armendáriz |
Espinazo,
en el municipio de Mina, es conocido como la Meca del dolor,
ahí acuden los enfermos del cuerpo y el alma ante el
Niño Fidencio (José Fidencio Síntora
Constantino 1898-1938), quien en vida realizara curaciones
milagrosas y quien sigue prestando ayuda a través de
los llamados Materias o Cajitas. En el caso de otras peregrinaciones,
el tránsito es parte de la penitencia y la llegada
al santuario es en sí la recompensa; en lo referente
a este culto, el arribo a Espinazo es el inicio de la etapa
más dura de la penitencia, el dolor es inenarrable
porque la gente ya viene del dolor del viaje y deberá
exacerbar la humillación de sí mismo procurándose
más dolor para ofrecer todo ese dolor a cambio de su
sanación. El corazón desfallecido del penitente
pareciera no hallar más sufrimiento y sin embargo,
lo obtiene de la tierra que pisa y se convierte él
mismo en tierra (la palabra humillación proviene de
humus, en latín, tierra) y es este contacto el que
desencadena la experiencia culminante de sentirse y saberse
parte de la misma tierra, precisamente de ésta sedienta
tierra incapaz de dar alimento y sobre la cual la pobreza
y la miseria son estrujantes. Consterna y mueve a compasión
para quien presencia. En el territorio del culto —en
el Cerro de la Campana, en el Leprosario, diseminadas por
el camino— aparecen incontables cruces ornadas con flores
o listones de colores, que marcan los lugares sagrados en
donde hubo apariciones o en donde las Materias realizaron
curaciones. Algunas de estas señales fueron captadas
con una cámara estenopeica que resuelve el poder protagónico
de la cruz y disuelve los elementos restantes. Para aproximarse
a la inaprensible atmósfera de sufrimiento y catarsis,
Armendáriz empleará la cámara Holga cuyos
viñeteados socorren una apariencia de tiempo detenido
o paradójicamente de tiempo en fuga, como los rituales
que se suceden en este primitivo recinto de la tierra y el
lodo (de donde venimos y a donde vamos): casarse en la fiesta
del santo, rodarse en el polvo, caminar casi a rastras las
manos y las piernas vendadas, festinar todos juntos (hombres
y mujeres de barro) la inmersión sanadora, volver a
nacer emergiendo purificado de este útero mezcla de
agua y tierra. Y en esta evanescencia de instantes perdurables
y por ello irrepetibles, a lo lejos suena un murmullo que
acuna y el sonsonete del Pávido Návido, la antigua
canción de esdrújulas común a los norteños.
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| Los
senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León ©
Lorenzo Armendáriz |
El
viaje peregrino se realiza por jornadas, tiene estaciones
para tomar alimentos, descansar, recuperar fuerzas y paliar
los padecimientos. No todos van a pie, se utilizan caballos,
carretas y trocas en donde se transportan las gentes, los
utensilios y las vituallas. Extenuados, los caminantes llegan
a un punto en donde materialmente se tiran a dormir. Al día
siguiente, antes del alba, el sonido del cohete los levanta
para proseguir la marcha; la ilusión de proseguir el
viaje, los cantos y alabanzas, el haber compartido los alimentos
y el cielo como techo, el desprendimiento del cuerpo propio
para formar un colectivo, van construyendo una hermandad difícil
de explicar, pero que se siente y se expresa en el gesto de
ayuda, en la sonrisa, en la misma voluntad de no desfallecer
para infundirse entre todos el entusiasmo por seguir caminando.
Armendáriz ha trabajado esta serie con cuatro o cinco
cámaras que transporta en los vehículos y que
cambia en cada estación; probablemente este número
se incremente en posteriores viajes —ahora fabrica y
experimenta, con la ayuda de Rubén Pax, varias opciones
de estenopeica—, pues cada momento del peregrinaje ofrece
vivencias que trastocan la primaria necesidad de documentar
en una intencionada búsqueda estética que, mediante
formas y técnicas, terminara de hacer explícita
la riqueza de imágenes, sensaciones, percepciones y
situaciones emocionales. En este sentido, el uso del blanco
y negro se mantiene constante como un medio para elaborar
abstracciones de un tránsito plagado de penitencia,
abstención y padecimiento, todas entidades abstractas.
No se muestran aquí, por obvias razones, las tomas
en color que el fotógrafo ha reservado para “La
Gloria”, es decir, el instante de llegada al santuario,
cuando el peregrino obtiene su recompensa: terminar el trayecto,
detener la marcha, saciar el hambre, iniciar el festejo.
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| Los
senderos de la fe, La Sierra de Gamón, Durango
© Lorenzo Armendáriz |
El
fotógrafo a veces va a pie, a veces a caballo, en ocasiones
su punto de vista está a la altura de los ojos, en
otras lleva la cámara en la cintura, sus tomas mantienen
la lógica del desplazamiento y así obtiene series
como la del matachín que mantiene el ritmo de la marcha
alentado por su sonaja; en otras, simplemente se gira para
ver llegar tras de sí, al que camina de rodillas escoltado
por la valla de danzantes y curiosos. Escenas insólitas
tienen lugar en la vastedad del espacio, un espacio que se
construye conforme la peregrinación lo ocupa, a lo
lejos no se mira sino más espacio para escenificar
aquí imágenes fundacionales: la carreta que
intentará atravesar el vado sobre un pequeñísimo
puente de madera, las orejas del caballo (en el que va Armendáriz)
distribuyen el espacio para el antes y el después de
esta conquista que se repetirá en un siempre ajeno
a la temporalidad de la historia. Lo mismo sucede en el extraño
y, sin embargo, familiar instante iconográfico de la
fundación de un territorio: al modo en que imaginamos
la llegada de Cristóbal Colón, los romeros se
arrodillan alrededor de la Materia que en ese momento dé
inspiración (ahí, en medio de la nada) los bendice;
el estandarte testifica la ocupación, la disposición
de los cuerpos aova el espíritu de Fidencio que habla
por medio de esta encarnación.
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| Los
senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León ©
Lorenzo Armendáriz |
Y
la marcha sigue, los distintos cultos se diseminan por estos
y otros lares. De Villa de Cos a Plateros se trasladan los
que van a ver al Santo Niño de Atocha, a éste
pequeño ataviado, él mismo de peregrino —usa
sombrero de ala ancha, porta un báculo, sostiene la
canasta, se cuelga el guaje para aliviar la sed— y que
es guía de los caminos y a quien veneran los mineros.
La fe adquiere rasgos enternecedores cuando se acoge a la
imagen del Niñito; en el trágico mundo de los
adultos, la dulzura de un rostro es acicate suficiente para
emprender la marcha en medio del frío atroz del invierno
zacatecano, que corta la piel con ráfagas de viento
y cala en los huesos hasta la médula: el puro dolor
proviene del frillito. En la mañana helada, las mujeres
van en fila cubiertas de pies a cabeza, en la espalda portan
el sombrero que guarecerá del inclemente sol que las
espera; otra escena que abate las temporalidades, envoltorios
sin rostro ni identidad, la suma de cuerpos —uno atrás
de otro— persistirá este año y el que
viene reponiéndose de nuevos peregrinos, que otra vez
en fila marcharán en medio del mismo cíclico
frío. Y la penitencia tiene sus gozos, la belleza del
paisaje contribuye a la exaltación de los sentidos,
comer camino, abatir la distancia, penetrar el espacio con
el propio cuerpo es en sí mismo jocoso. Atisbar en
la lejanía otra peregrinación que se unirá
a ésta para hacerla más ancha, más poderosa,
más grande, más visible, hace explotar la alegría.
Los abanderados corren al encuentro y hacen ondear el lábaro
patrio y el estandarte de la cofradía y las nubes ondean
también gozosas, los romeros se saludan inclinando
los cuerpos, bajando las cabezas en el gesto de comprensión
de que cada encuentro no es sólo el hallazgo de otros
seres, sino la manifestación de la deidad que así
quiere compensarlos de la soledad comunitaria del viaje.
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| Los
senderos de la fe, Castaños, Coahuila ©
Lorenzo Armendáriz |
La
Virgen de Guadalupe es quizá la imagen más venerada
por la nación, es la que detenta todos los cultos en
todas las lenguas en toda la geografía; como reina
y patrona que es, se aparece donde y cuando quiere porque
todo el territorio es su morada. “Y ai’ tienes
que haz de cuenta que se apareció en el acantilado
y ’ora hay que ir a llevarle sus mañanitas”.
Ahora es en Durango, antigua Guadiana de cerros blancos que
se entintan de rojo al atardecer. Los peregrinos acuden a
la Sierra de Gamón al encuentro con la Virgen de la
Sierrita, manifestada en una pared a la que hay que bajar
descolgándose por un andamio, quienes no llegarán
al sitio preciso de la aparición se arremolinan confusos
ante la imposiblidad de postrarse, pero están ahí
cuerpo a cuerpo, rodeados de montaña, escuchando su
propio barullo y las detonaciones de armas de fuego con que
los creyentes tributan su amor a la Guadalupana; la miradas
se pierden, antes de llegar aquí había una dirección,
ahora todo es un amasijo de inquietudes. La estética
de la noche, alentará el uso de películas, velocidades
y formatos específicos. Tocar base en una población
restituye fuerzas y hace el andar menos penoso, acogidos por
un mar de mercancías y otros muchos peregrinos, los
recién llegados se internan al movimiento y el ritmo
del propio lugar que los recibe, pero este cambio de ritmo
desconcierta y hay quien se sustrae de la inercia para evidenciar
su unicidad aun en este torbellino, el jovencito que mira
a otra parte parece no ir al mismo destino de quienes portan
una vara de nardo y se integran a la corriente de cuerpos,
texturas, luces y adornos.
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| Los
senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León ©
Lorenzo Armendáriz |
El danzante que momentáneamente atisba y, sin perder
el paso, se abstrae de un compás marcado para hacer
un aquí y ahora lejos de este instante. La esencia
del viaje es el desplazamiento y lo que se construye en el
tiempo y el espacio de esa travesía, el destino es
sólo un pretexto; en el viaje peregrino la deidad se
encuentra ya introyectada en el corazón del caminante,
quien no necesita verla para creer, acudir al santuario —precisamente
a verla— es entregarse a la certeza de ser parte de
algo más grande, de dimensiones cósmicas, y
comprobar, durante el trayecto, que esta presencia divina
tan común a los otros me significa y me hace único.
De naturaleza trashumante, Lorenzo Armendáriz comprende
también que al evidenciar otras geografías,
otros pueblos, otros ritos abatirá un poco la soledad
humana.
En México-Tenochtitlan, febrero de 2004.
armendarizlorenz@hotmail.com