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Número 65 Abr - May 2004
 

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe
Por: Elizabeth Romero Betancourt


 

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León © Lorenzo Armendáriz

Caminar. Seguir caminando sin lograr ver el destino; caminar alentados por el canto, el rezo y la certidumbre que infunde el mismo camino que no es sino el ancho horizonte. Los peregrinos caminan en el desierto; al parecer, de donde vienen no hay nada, a donde van no hay nada: sólo el inmenso paisaje, la tierra que pisan, el cielo cambiante. Y siguen caminando.

“Lo excitante del viaje no es el destino, sino el camino que lleva hasta él”, afirma Lorenzo Armendáriz (1961) para dar sustento al proyecto El viaje… dos realidades: una propuesta documental, por el que obtuvo la beca del Sistema Nacional de Creadores por un periodo de tres años. El proyecto está dividido en dos ejes: El pueblo de Dios, que da continuidad a su investigación sobre los gitanos, ahora en Sudamérica y Los senderos de la fe, que se centra en las peregrinaciones religiosas del norte, centro y sur del país. De éste ensayo se ofrecen ahora las imágenes resultado de su indagación en la zona norte, en que se documentan las peregrinaciones a los santuarios del Niño Fidencio en Espinazo, Nuevo León; del Santo Niño de Atocha en Plateros, Zacatecas y de la Virgen de la Sierrita en la Sierra de Gamón, Durango. El uso de distintas cámaras, formatos y películas tiene una compleja intención estética, que busca transmitir la propia complejidad de rasgos culturales subyacentes en la cosmovisión de distintos pueblos.

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León © Lorenzo Armendáriz

Sabemos que México es uno y muchos. De entrada afirmemos que geografía es cultura, y que la división Mesoamérica y Aridoamérica ha sido casi soslayada cuando se habla del país (que prefiere representarse en la primera, allegándose la imagen de la cornucopia: agua, verdor, frutos, pueblos, civilizaciones). Casi ignota para el centro, escasamente registrada o vista, Aridoamérica late al pulso del sol candente y la sequía, la anchura de la tierra que más se ensancha conforme más al norte se llega y el espectáculo de la luz que se ordena en celajes y espejismos, cuando no anda tiñendo de azul cielo el cielo o creando mares invertidos —con playas y oleaje— al cambiar las nubes blancas en púrpuras, violáceas, rojas, naranjas, lilas y rosas. Huizaches, candelilla y gobernadora.

Tierra y polvo, terregales y tolvaneras. Desierto. Por este escenario se desplaza un pueblo creyente —las más de las veces oculto por la distancia y las condiciones climáticas— cuyos rituales, ceremonias y prácticas son poco conocidas. Armendáriz ha caminado como un peregrino más, de tal suerte que su visión es la de alguien inserto en la vivencia común y compartida de quienes marchan buscando no el ir de un lugar a otro, sino el tránsito de un estado emocional a una experiencia mística y renovadora; llevar el cuerpo al extremo del cansancio, insertar el propio en un cansancio colectivo; rendirse al “no puedo más” y sumarse nuevamente a la caminata —a pesar de las ampollas y el dolor y la sed—, transformará la percepción y la concepción de las cosas. Por ello, al captar el paisaje —cielo y tierra y cómo cambian conforme la peregrinación avanza—, se ocupará también del paisaje del cuerpo y sus modificaciones: los peregrinos mudan, su modo de caminar cambia, sus rostros expuestos reflejan emociones distintas, actitudes y miradas no son las mismas, la piel se curte con la resolana y el polvo y las lágrimas. Así como la panorámica puede servir para hacer caber un horizonte lejano y sin interrupciones, ahora Armendáriz fragmenta la narrativa al proponer la sucesión de un discurso interrumpido por líneas perpendiculares (el asta de un estandarte, una cruz) para colocar un rostro en primer plano, seguido de la escena del penitente de rodillas, como si se tratara de dos imágenes; con este mismo recurso exalta la mirada serena de un joven que no parece percatarse del Sagrado Corazón y la bandera tricolor que vienen de frente, porque su vista se dirige hacia un ángulo que se conjuga con los trazados por un toldo y otros elementos; en la texturizada poza de lodo, la sombra de las banderolas de papel picado divide la escena en dos, de un lado el gordo adolescente se sumerge en su propia sombra, del otro, y en dirección opuesta, el niño lleva la mano al rostro ante la presencia de dos niñas y la que está de pie, vuelve a dividir el plano.

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León © Lorenzo Armendáriz

Espinazo, en el municipio de Mina, es conocido como la Meca del dolor, ahí acuden los enfermos del cuerpo y el alma ante el Niño Fidencio (José Fidencio Síntora Constantino 1898-1938), quien en vida realizara curaciones milagrosas y quien sigue prestando ayuda a través de los llamados Materias o Cajitas. En el caso de otras peregrinaciones, el tránsito es parte de la penitencia y la llegada al santuario es en sí la recompensa; en lo referente a este culto, el arribo a Espinazo es el inicio de la etapa más dura de la penitencia, el dolor es inenarrable porque la gente ya viene del dolor del viaje y deberá exacerbar la humillación de sí mismo procurándose más dolor para ofrecer todo ese dolor a cambio de su sanación. El corazón desfallecido del penitente pareciera no hallar más sufrimiento y sin embargo, lo obtiene de la tierra que pisa y se convierte él mismo en tierra (la palabra humillación proviene de humus, en latín, tierra) y es este contacto el que desencadena la experiencia culminante de sentirse y saberse parte de la misma tierra, precisamente de ésta sedienta tierra incapaz de dar alimento y sobre la cual la pobreza y la miseria son estrujantes. Consterna y mueve a compasión para quien presencia. En el territorio del culto —en el Cerro de la Campana, en el Leprosario, diseminadas por el camino— aparecen incontables cruces ornadas con flores o listones de colores, que marcan los lugares sagrados en donde hubo apariciones o en donde las Materias realizaron curaciones. Algunas de estas señales fueron captadas con una cámara estenopeica que resuelve el poder protagónico de la cruz y disuelve los elementos restantes. Para aproximarse a la inaprensible atmósfera de sufrimiento y catarsis, Armendáriz empleará la cámara Holga cuyos viñeteados socorren una apariencia de tiempo detenido o paradójicamente de tiempo en fuga, como los rituales que se suceden en este primitivo recinto de la tierra y el lodo (de donde venimos y a donde vamos): casarse en la fiesta del santo, rodarse en el polvo, caminar casi a rastras las manos y las piernas vendadas, festinar todos juntos (hombres y mujeres de barro) la inmersión sanadora, volver a nacer emergiendo purificado de este útero mezcla de agua y tierra. Y en esta evanescencia de instantes perdurables y por ello irrepetibles, a lo lejos suena un murmullo que acuna y el sonsonete del Pávido Návido, la antigua canción de esdrújulas común a los norteños.

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León © Lorenzo Armendáriz

El viaje peregrino se realiza por jornadas, tiene estaciones para tomar alimentos, descansar, recuperar fuerzas y paliar los padecimientos. No todos van a pie, se utilizan caballos, carretas y trocas en donde se transportan las gentes, los utensilios y las vituallas. Extenuados, los caminantes llegan a un punto en donde materialmente se tiran a dormir. Al día siguiente, antes del alba, el sonido del cohete los levanta para proseguir la marcha; la ilusión de proseguir el viaje, los cantos y alabanzas, el haber compartido los alimentos y el cielo como techo, el desprendimiento del cuerpo propio para formar un colectivo, van construyendo una hermandad difícil de explicar, pero que se siente y se expresa en el gesto de ayuda, en la sonrisa, en la misma voluntad de no desfallecer para infundirse entre todos el entusiasmo por seguir caminando. Armendáriz ha trabajado esta serie con cuatro o cinco cámaras que transporta en los vehículos y que cambia en cada estación; probablemente este número se incremente en posteriores viajes —ahora fabrica y experimenta, con la ayuda de Rubén Pax, varias opciones de estenopeica—, pues cada momento del peregrinaje ofrece vivencias que trastocan la primaria necesidad de documentar en una intencionada búsqueda estética que, mediante formas y técnicas, terminara de hacer explícita la riqueza de imágenes, sensaciones, percepciones y situaciones emocionales. En este sentido, el uso del blanco y negro se mantiene constante como un medio para elaborar abstracciones de un tránsito plagado de penitencia, abstención y padecimiento, todas entidades abstractas. No se muestran aquí, por obvias razones, las tomas en color que el fotógrafo ha reservado para “La Gloria”, es decir, el instante de llegada al santuario, cuando el peregrino obtiene su recompensa: terminar el trayecto, detener la marcha, saciar el hambre, iniciar el festejo.

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe, La Sierra de Gamón, Durango © Lorenzo Armendáriz

El fotógrafo a veces va a pie, a veces a caballo, en ocasiones su punto de vista está a la altura de los ojos, en otras lleva la cámara en la cintura, sus tomas mantienen la lógica del desplazamiento y así obtiene series como la del matachín que mantiene el ritmo de la marcha alentado por su sonaja; en otras, simplemente se gira para ver llegar tras de sí, al que camina de rodillas escoltado por la valla de danzantes y curiosos. Escenas insólitas tienen lugar en la vastedad del espacio, un espacio que se construye conforme la peregrinación lo ocupa, a lo lejos no se mira sino más espacio para escenificar aquí imágenes fundacionales: la carreta que intentará atravesar el vado sobre un pequeñísimo puente de madera, las orejas del caballo (en el que va Armendáriz) distribuyen el espacio para el antes y el después de esta conquista que se repetirá en un siempre ajeno a la temporalidad de la historia. Lo mismo sucede en el extraño y, sin embargo, familiar instante iconográfico de la fundación de un territorio: al modo en que imaginamos la llegada de Cristóbal Colón, los romeros se arrodillan alrededor de la Materia que en ese momento dé inspiración (ahí, en medio de la nada) los bendice; el estandarte testifica la ocupación, la disposición de los cuerpos aova el espíritu de Fidencio que habla por medio de esta encarnación.

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León © Lorenzo Armendáriz

Y la marcha sigue, los distintos cultos se diseminan por estos y otros lares. De Villa de Cos a Plateros se trasladan los que van a ver al Santo Niño de Atocha, a éste pequeño ataviado, él mismo de peregrino —usa sombrero de ala ancha, porta un báculo, sostiene la canasta, se cuelga el guaje para aliviar la sed— y que es guía de los caminos y a quien veneran los mineros. La fe adquiere rasgos enternecedores cuando se acoge a la imagen del Niñito; en el trágico mundo de los adultos, la dulzura de un rostro es acicate suficiente para emprender la marcha en medio del frío atroz del invierno zacatecano, que corta la piel con ráfagas de viento y cala en los huesos hasta la médula: el puro dolor proviene del frillito. En la mañana helada, las mujeres van en fila cubiertas de pies a cabeza, en la espalda portan el sombrero que guarecerá del inclemente sol que las espera; otra escena que abate las temporalidades, envoltorios sin rostro ni identidad, la suma de cuerpos —uno atrás de otro— persistirá este año y el que viene reponiéndose de nuevos peregrinos, que otra vez en fila marcharán en medio del mismo cíclico frío. Y la penitencia tiene sus gozos, la belleza del paisaje contribuye a la exaltación de los sentidos, comer camino, abatir la distancia, penetrar el espacio con el propio cuerpo es en sí mismo jocoso. Atisbar en la lejanía otra peregrinación que se unirá a ésta para hacerla más ancha, más poderosa, más grande, más visible, hace explotar la alegría. Los abanderados corren al encuentro y hacen ondear el lábaro patrio y el estandarte de la cofradía y las nubes ondean también gozosas, los romeros se saludan inclinando los cuerpos, bajando las cabezas en el gesto de comprensión de que cada encuentro no es sólo el hallazgo de otros seres, sino la manifestación de la deidad que así quiere compensarlos de la soledad comunitaria del viaje.

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe, Castaños, Coahuila © Lorenzo Armendáriz

La Virgen de Guadalupe es quizá la imagen más venerada por la nación, es la que detenta todos los cultos en todas las lenguas en toda la geografía; como reina y patrona que es, se aparece donde y cuando quiere porque todo el territorio es su morada. “Y ai’ tienes que haz de cuenta que se apareció en el acantilado y ’ora hay que ir a llevarle sus mañanitas”. Ahora es en Durango, antigua Guadiana de cerros blancos que se entintan de rojo al atardecer. Los peregrinos acuden a la Sierra de Gamón al encuentro con la Virgen de la Sierrita, manifestada en una pared a la que hay que bajar descolgándose por un andamio, quienes no llegarán al sitio preciso de la aparición se arremolinan confusos ante la imposiblidad de postrarse, pero están ahí cuerpo a cuerpo, rodeados de montaña, escuchando su propio barullo y las detonaciones de armas de fuego con que los creyentes tributan su amor a la Guadalupana; la miradas se pierden, antes de llegar aquí había una dirección, ahora todo es un amasijo de inquietudes. La estética de la noche, alentará el uso de películas, velocidades y formatos específicos. Tocar base en una población restituye fuerzas y hace el andar menos penoso, acogidos por un mar de mercancías y otros muchos peregrinos, los recién llegados se internan al movimiento y el ritmo del propio lugar que los recibe, pero este cambio de ritmo desconcierta y hay quien se sustrae de la inercia para evidenciar su unicidad aun en este torbellino, el jovencito que mira a otra parte parece no ir al mismo destino de quienes portan una vara de nardo y se integran a la corriente de cuerpos, texturas, luces y adornos.

Lorenzo Armendáriz
Los senderos de la fe, Espinazo, Nuevo León © Lorenzo Armendáriz

El danzante que momentáneamente atisba y, sin perder el paso, se abstrae de un compás marcado para hacer un aquí y ahora lejos de este instante. La esencia del viaje es el desplazamiento y lo que se construye en el tiempo y el espacio de esa travesía, el destino es sólo un pretexto; en el viaje peregrino la deidad se encuentra ya introyectada en el corazón del caminante, quien no necesita verla para creer, acudir al santuario —precisamente a verla— es entregarse a la certeza de ser parte de algo más grande, de dimensiones cósmicas, y comprobar, durante el trayecto, que esta presencia divina tan común a los otros me significa y me hace único. De naturaleza trashumante, Lorenzo Armendáriz comprende también que al evidenciar otras geografías, otros pueblos, otros ritos abatirá un poco la soledad humana.

En México-Tenochtitlan, febrero de 2004.
armendarizlorenz@hotmail.com

 
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