La casa de Kati
Dicen, quienes la conocieron en otros tiempos, que a su casa se le fue la magia. Que Kati se llevó de equipaje la vida de sus objetos queridos, el movimiento ordenado de sus cosas, el significado de pequeños recortes, bordados enmarcados, collages, brazos de guitarra, el calor de su cocina y, sobre todo, su magia interna, la que podía convertir la realidad en un sueño. O en muchos sueños, todos compartidos. Sueños mágicos.
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© Kati Horna: José Emilio Pacheco, 1945
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Quien habla de Kati no puede dejar de mencionar su casa. Es recurrente. Es irremediable. Un imán para las palabras, para los recuerdos. La conversación se desprende inevitablemente de las imágenes exteriores y nos lleva al interior de su casa, la que habitó por 50 años, casi desde su llegada a México como refugiada y como española, como esposa de José Horna, ocultando su nacionalidad húngara.
Entrar a la casa de Kati era sentirse envuelto en un mundo de magia en el que las cosas que estaban pasando sólo podían pasar ahí y en la que estaban presentes un conjunto de elementos mágicos que derivaban tanto de su obra creativa como de su personalidad, dice Enrique Creel, quien conoció a Kati en Cuautla a fines de los años cincuenta, en casa de la escultora Angela Gurría y quien, desde entonces, se convirtió en uno de sus amigos más cercanos.
Le encantaba hacer reuniones en su casa, siempre vivió en el mismo lugar, en la calle de Tabasco. Esa casa tenía un ambiente total, había muchas palomas y gatos, era un ambiente en el que te sentías como no daba a la calle como si estuvieras en el centro de Europa por la forma en que la tenía arreglada, nada elegante y siempre pobretonamente, pero con un ambiente fabuloso, recuerda el pintor Manuel Felguérez, quien la conoció recién llegado de París, en 1956.
Un tiempo su ánimo decayó drásticamente, después del temblor del 85, y es que eso le creó una especie de inseguridad sobre todo porque se le derrumbó su casa, dice Angela Gurría. A Kati la casa se le cayó como 10 veces y siempre la reconstruyó, pero eso la hacía sufrir mucho.
Todo en su casa es una extensión de ella misma, no sobra ni falta nada. Ella tenía una relación personal con los objetos porque en cada una de sus cosas está su identidad: los objetos eran ella, comenta Estanislao Ortiz, quien fue primero su alumno en San Carlos y luego compartió con ella la cátedra. Incluso tenía una gran relación con las texturas de su casa, el descascarado de los muros, las puertas carcomidas
Decía que ella mandaba en su casa y ella dirigía todo lo que en su casa se hacía
pero ya al último hizo muchos corajes por su casa, que se fue viniendo para abajo, igual que ella, dice Braulio, quien llegó a la vida de Kati como un albañil artesano, corregiría Kati que debía reparar los daños hechos a su hogar por la construcción del edificio de atrás, quien terminó siendo quizá el último de sus grandes amigos y quien se convirtió en parte de la familia al cuidarla junto con Nora Horna en sus últimos meses de vida.
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© Kati Horna: Remedios Varo, 1956
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Para Nora, quien nació y creció en la casa de Tabasco, quien estuvo siempre cerca de su madre, desmontar la casa de Kati es un poco como dejarla ir.
De Kati Horna puede hablar su obra. Ahí están sus fotos, sus reportajes de prensa, sus imágenes de la guerra, sus series y su trabajo para revistas y publicaciones. Pero parte de ella se nos esconde. Parte de Kati está en su casa, aún sin la magia de su persona. Hay que traspasar el umbral.
Estanislao fue contundente: Su casa era un espacio tan personal que no permitía el acceso a quien no quisiera o a quien no conociera.
Atravesar el portón y llegar al fondo, ver la fuente adornada que flanquea la puerta y conocer el cuarto de la mesa redonda, donde solía recibir a sus invitados para pasar horas y horas conversando, es sentir un poco de culpa, como si aún sin ella, se estuviera invadiendo su intimidad. Mirar su cocina, con su techo de doble altura y sus muebles azules, es como entrar sin ser invitada a la reunión alrededor del gulash que preparaba para quienes quería, o las milanesas, el pepino y las lentejas que todos recuerdan. Asomarse a la ventana y contemplar al otro lado del patio lo que fue su estudio y el de su marido es imaginar el tiempo detenido en una y muchas épocas.
Es cerrar los ojos para imaginar, sólo imaginar, esas reuniones que compartía con personajes tan disímbolos aparentemente y tan iguales en las dimensiones del afecto que les prodigaba.
Ahí están las discusiones con su gran amiga Leonora Carrington y con Remedios Varo, la exigencia ante sus alumnos que mostraban su trabajo a través de Estanislao cuando ella ya no podía ir personalmente a San Carlos, la intensidad en hacer lo que les venía en gana con los jóvenes pintores que iban a contracorriente, el pastel de cumpleaños para su gran amigo y confidente Braulio, los garibaldis que Kati compraba en El Globo para agasajar a Angela Gurría en sus onomásticos, las conversaciones que el banquero Enrique Creel guardaba como tesoros, noches y horas enteras para hablar y discutir.
Está también la Kati madre de su única hija Nora, motor de su vida desde que falleciera José, aún muy joven, y la Kati abuela cariñosa de sus nietos Kati e Iván.
Por las paredes, en cada rincón y encima de todos los muebles, hay objetos. Unos hechos por ella misma. Otros, con significados que se llevó.
Y entonces, recordamos las palabras de quienes la conocieron:
Enrique Creel: Kati, la maga
Kati era una maga, en el sentido de que vivía, se movía, resolvía o se preocupaba por problemas mágicos. Tanto su fotografía como sus objetos de arte estaban dentro de la corriente surrealista, la que ella seguía no tanto como un movimiento, sino por la magia interna que tenía, la que convertía la realidad en sueño y que permitía que viviéramos un mundo de sueños con su realidad. Creativamente, podía transformar la realidad en una realidad distinta y eso para mí es lo que se llama magia.
Pocos saben, aunque emparenta con su fantasía, con su espíritu creativo, de su interés por los vampiros. No el vampiro hollywoodense, sino a la centro europea.
Conocí a Kati en 1959. Me habían hecho una entrevista y me dijeron que iba a venir una fotógrafa. Llegó Kati y se quedó en mi vida.
Más que una persona, Kati era todo un personaje lleno de magia, desde su atuendo, su físico, su expresión de niña, su acento extranjero y su español mal pronunciado.
Era una persona inteligentísima y generosa que enriquecía a cualquiera con su pensamiento, una maestra de vida que me ayudó siempre a superar los problemas de una manera poética y filosófica.
Ella siempre tenía una solución para todo, ya que los problemas le parecían minúsculos en comparación con todo lo que vivió en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Civil Española.
A pesar de su fortaleza, Kati se entristecía muchísimo con problemas como la contaminación y era capaz de angustiarse hasta por la perforación de un pozo petrolero en Campeche, por que eso haría que el mar se enojara mucho.
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© Kati Horna: Xavier Girón, Pita Amor y Pedro Friedeberg, 1980
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Manuel Felguérez: contra la cerrazón
Cuando regresé de París, empezamos un grupo que fue como una rebelión contra el nacionalismo en la escuela mexicana. Queríamos un arte diferente, al que luego le llamaron Ruptura. Nosotros no queríamos romper nada, sino hacer nuestra propia obra con una visión diferente. Nos tomábamos poco en serio, hacíamos lo que se nos pegaba la gana, inventando hacer arte abstracto, inventando nuevos caminos. En ese entonces, la ciudad de México era mucho más chica, todos vivíamos en el mismo rumbo, había cafés y lugares donde nos reuníamos, muy interdisciplinariamente. Esa convivencia se acentuaba con fiestas muy frecuentes en casa de alguien. Como artistas plásticos, no nos hacían caso. Entonces encontramos otro grupo al que tampoco le hacían caso, al que tampoco conocían por la cerrazón de la escuela mexicana, que era el de los extranjeros que habían llegado a México en tiempos de la Guerra Civil Española y la II Guerra Mundial. Ellos no tenían cabida dentro del nuevo orden, tenían ideas nuevas
e hicimos amistad con los personajes que iban llegando. Entre ellos estaba el grupo surrealista. Kati vivía cerca de Leonora Carrington y Remedios Varo, eran sus amigas. Su esposo, José Horna, era como el artesano que construía en madera algunas imágenes de Leonora.
Kati y yo vivíamos en la calle de Tabasco, por lo que no era extraño que nos viéramos con frecuencia.
A ella de repente le caían trabajos importantes. Por ejemplo, hacía muchos retratos de intelectuales y para ella era un placer retratar a sus amigos.
También por esas fechas salió una revista creada por un grupo de escritores, la que se llamaba S.nob. Para los años 50 era una revista sensacional, hacían páginas de desnudos de gente famosa de la cultura, de señoras. Todos decían que Kati era la especialista en desnudar señoras, siempre lograba encuerarlas
ahora es facilísimo que se desnuden, pero en aquel momento era toda una hazaña.
Lo que es imposible no recordar es su diálogo, sus largas pláticas. Siempre empezaba cuando era chica, en Hungría, sus inicios como fotógrafa, Berlín en tiempos del nazismo, su entrada a la guerra española como fotógrafa de prensa, su llegada a México haciéndose pasar como refugiada española.
Estanislao Ortiz: maestra compañera
Entré a su taller en San Carlos a fines de 1979 y me quedé 10 meses. Pero siempre seguí en contacto con ella, como su alumno aunque no oficialmente. En 1985 me ofrecieron un taller pero pensé que no podía hacerle competencia a Kati. Se presentó la opción de que trabajara con ella. Ella lo aceptó y desde entonces me consideró como un compañero profesor.
Como maestra era muy disciplinada y exigente. No una disciplina militar sino como una forma de búsqueda de la libertad.
Kati empezó en el taller después de haber estado en la Ibero y en la Escuela de Artesanías. Y ahí estuvo 26 años, hasta que ya no pudo ir en 1994. Le habilitaron un salón, pero no le gustó. Luego le ofrecieron la Casa Universitaria del Libro. El primer día que llegó, pidió un cenicero. Le dijeron que no estaba permitido fumar. Nunca volvió. Entonces yo me encargué de llevarle a su casa el trabajo de los alumnos y desde ahí, daba indicaciones. Aunque a algunos no los conocía, tenía una gran sensibilidad: con sólo ver su trabajo sabía quiénes eran y si tenían visión.
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© Kati Horna: del reportaje Chapultepec en domingo, 1980
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Alguna vez le comenté que la mayor parte de sus alumnos no se dedicaban a la foto. Ella me respondió: No te sientas frustrado, lo importante es participar en la transformación de las personas, no hacer fotógrafos, sino enseñarles a ver.
Ella quería que su taller fuera un oasis, que se sintieran felices después de llegar cansados de la calle. Que ahí hicieran algo distinto de la monotonía de la vida.
El programa de su curso no tenía nada del otro mundo. Lo interesante de su planteamiento era la forma en que aplicaba los ejercicios de la técnica fotográfica, un desarrollo de la sensibilidad dirigida a la fotografía, más que al desarrollo de una técnica. Al final del programa, ella insistió en que se pusiera la frase Sin conocimiento básico no se alcanza la libertad de expresarse.
Uno de los ejercicios para los alumnos era caminar con la cámara pero sin rollo. Lo que uno ve sin un encuadre es un campo diferente al de un campo visuializado a través de un visor que especifica los límites de un espacio. Era acostumbrar la vista a descubrir elementos o escenas en esa campo limitado.
Kati recomendaba además muchas lecturas. No se refería sólo a fotógrafos, siempre estaba mencionando obras literarias, o hablando de música, pintura, escultura, como medios que enriquecen a la fotografía.
Había ciertas frases en las que tenia sintetizada su experiencia, como las fotografías deben ser una vivencia. Sugería que las fotos no debían descubrirse como un mero acto intelectual o visual, sino que debían partir de una vivencia. Decía que los alumnos debían olvidarse de pretender hacer la imagen nunca antes vista, ya que lo valioso era que reflejara algo de uno mismo.
En 1979 tuvimos un malentendido. Lo solucionamos con un pacto y desde entonces, además de ser mi maestra y compañera de trabajo, surgió una gran amistad.
Era una persona con una gran intensidad de vida y dispuesta a darte su tiempo. Para eso era también muy disciplinada. Si esperaba una llamada tuya a una hora específica, no contestaba el teléfono si no era exactamente a la hora convenida. Lo mismo para recibirte en su casa. Pero una vez con ella, te dedicaba todo el tiempo
por eso no contestaba el teléfono cuando estabas con ella. Era el tiempo que tenía totalmente para ti.
Y por supuesto que la extraño
cómo no, si trabajé y conviví con ella 16 años
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© Kati Horna: Alfonso Reyes, 1945
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José de Santiago: una mujer integral
Supe de ella cuando llegué a la Escuela Nacional de Artes Plásticas, por un amigo que me enmarcaba cuadros y por las reuniones que se organizaban en un café cubano.
La Kati de la que me hablaron era una anarquista de enorme congruencia y con una historia muy rica. Pero hasta ahí. Cuando llegué a jefe en la División de Estudios de Posgrado en San Carlos, en 1979, la conocí personalmente.
Coincidía con ella en la necesidad de construirse primero en lo interior para poder florecer, producir y buscar lo esencial en ese proceso, renunciando a los aspectos externos como la notoriedad, el aprecio público o cualquier cosa que enturbiara el sentimiento profundo, limpio y puro de la realización personal.
Como colega de trabajo, me tocó iniciar con ella proyectos con los alumnos, como el de crear una visión fotográfica en torno de la escuela de Artes Plásticas ubicada en La Merced. Esto dio lugar a otros trabajos como la exposición de la leyenda de San Carlos, la Zona de Depresión, las retacerías de telas que surgieron en el entorno de la escuela, convirtiéndola en un espectáculo multicolor y la documentación gráfica del convento de Santa Inés.
De las amistades comunes, cultivadas y compartidas en las prolongadas reuniones en casa de Kati hacíamos mucha crítica sobre la hipocresía política del oficialismo, de las discursos y las frases hechas.
En estas parrandas, todo el disfrute consistía en un intercambio de ideas, emociones y anécdotas, en lo que Katy era un verdedro manantial de experiencias.
Aunque en apariencia física y en edad Kati era mayor que el resto de las personas, había en ella una energía tan fuerte e insospechada, que terminaba por agotar a varios.
Kati era una persona mayor, pero no había la barrera generacional. Yo con ella hablé en forma fraternal, porque para mi era una compañera de trabajo de mi edad, con una capacidad de renovación que la hacía joven.
A través de los años, me di cuenta de que era una mujer terriblemente intransigente en cuestión de convicciones. Lo que ella creía era sagrado. No toleraba titubeos ni flaquezas. Kati lo enfrentaba a uno de una forma casi brutal por su propio proyecto. No andaba con rodeos, tiraba a matar. Te preguntaba quién eras, qué pensabas y qué creías.
Ante todo, Kati era una mujer integral. Una joven con cuerpo de anciana, intransigente, mágica, inteligentísima, sabia, inagotable, una luchadora.
Braulio urbano: Debía haber sido sabia
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© Kati Horna: de la serie fetiche (Oda a la necrofilia), S.nob, 1962
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Yo trabajaba como albañil en el edificio de atrás. La casa de Kati se empezó a desnivelar. El maistro, al que le llamábamos El Mosco, le había mandado a otros compañeros, pero ella los sacaba. Decía: En esta casa mando yo, y yo escojo a mis amistades.
Entonces me mandaron a mí. Te vas a ir con la abuelita, me dijeron. Y me pidieron que no la contradijera, que a todo le dijera que sí. Así que en dos días le tapé un agujero que había en el muro. Así fue como comenzamos a platicar y le dije que yo respetaba a mis mayores. Usted si me gusta como amigo, me respondió.
El dueño de la casa llegó y me regañó, que había hecho puras pendejadas. Pero ella me defendió: En mi casa mando yo, y usted no venga a decir pendejadas.
Me empezó a perseguir diciéndome cómo hacer mi trabajo, porque la casa se desmoronaba. Hasta que le dije que o me dejaba hacer mi trabajo o me iba. A ella se le salieron las lágrimas y fue entonces cuando me dijo que en mí sí iba a confiar. Desde entonces nunca volvimos a disentir, ni contradijo en mi trabajo.
La relación de trabajo se convirtió en amistad. Yo venía a verla cuando podía. Cuando me alejaba me decía: Braulio, lo extraño mucho, si yo tuviera 40 años menos, me enamoraba de usted.
Yo no estimaba a nadie, ni de familia, como a ella. Ella me decía: Grábeselo, yo no soy su amiga, usted es mi nieto.
Venía a verla los fines de semana y platicábamos de su vida, de mi vida, de la infancia. Recordaba que alguna vez tuvo que trabajar como sirvienta en París, pero me pidió que no se lo dijera a nadie. Que en París colgaba la llave de su casa por fuera, que la gente no era como aquí.
Ella siempre me daba consejos: Nunca diga que no puede, hay que buscar la posibilidad, nunca se deje rebajar por nadie. Nunca se humille. De ella aprendí muchas cosas. Yo era muy tímido pero ella me enseñó a hablar con la gente, a platicar, a no humillarme ni permitir que me faltaran al respeto.
Yo siempre me tenía que estar reportando para hacerle saber que estaba bien.
Si gusta, voy, le decía yo a veces.
No, no es si gusto, yo lo necesito aquí, me contestaba.
Y siempre andaba inventando excusas para que fuera.
Cuando se puso mala, me pidió que me quedara a vivir aquí, en su casa. Luego me lo pidió Nora, su hija. Y me quedé, pero le dije que con la condición de que se curara y se fuera al hospital. Pero nunca se fue. Salió de esa crisis pero ya nunca pudo estar bien. Fumaba demasiadísimo con tanta plática o cuando se ponía de malas.
Y entonces ya me quedé a vivir aquí, en febrero de 2000. Antes de irme a trabajar, iba a verla para ver si seguía respirando, le preparaba su desayuno y en la noche me quedaba con ella hasta que se durmiera para cobijarla y acomodarla.
Aunque esté dormida, yo quiero verlo sentado en el sillón, me decía.
Los martes me encargaba de hacerle las compras: yogurt natural, cigarros Delicados sin filtro, cerillos, queso, jamón y pan de centeno, que le encantaba. Ella me esperaba los sábados que llegaba yo tarde, me preparaba de comer, más que si fuera mi mamá. Platica y platica hasta las cuatro de la mañana
Yo me envicié mucho con el cigarro por tanta plática y es que tenía que fumar de los suyos porque decía que no le gustaba el olor de los rubios, los que yo fumo.
Y es que me da risa porque mucha plática y un día nos dimos cuenta de que nunca me preguntó mis apellidos, pero me tenía tanta confianza que hasta me ponía a que le contara su dinero, que le pusiera en su cartera lo que necesitaba y lo demás se lo dejara en un mueble.
Yo le decía: Usted debía haber sido sabia.
Y ella me contestaba: Sí, pero me equivoqué de profesión.
Un día volví del trabajo, siempre trataba de llegar temprano porque me preocupaba que estuviera sola y últimamente no recibía a nadie. Cuando vi el portón abierto, sentí como un baño de agua caliente. Me dieron la noticia. Los pies se me doblaban de sentimiento
Nora se queda fumando en la sala de la mesa redonda. Quizá hablando con Kati a través de sus objetos. Braulio cierra el portón que guarda el hogar de Kati, que fue deteriorándose físicamente al mismo tiempo que su casa.
Las imperfecciones de la casa, las goteras, las humedades, los caños de la tubería, forman parte de la vida de las personas, son como una enfermedad de las personas y las enfermedades de esa casa eran las enfermedades de Kati.
Sus preocupaciones eran generalmente por esa casa que ni era de ella, ni podía ser de ella desde el punto de vista comercial
era una fusión de una persona con su mundo y los dueños no podían vender la propiedad, porque romper ese mundo hubiera sido un verdadero sacrilegio, dice Creel.