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Nuevo León
Ladera Este
por Blanca Ruíz
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Con la luz silvestre, en una antigua y solitaria hacienda de henequén, Socorro Chablé acciona su cámara; en otro espacio, Miguel Fematt enfoca a su modelo entre hojas de café; allá,
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© Yolanda Leal: Foto 3 de la serie Así es, color, 2000
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Roberto Ortiz Giacomán encuentra una imagen en la sombra.
La hacienda corresponde a Mérida, el cafetal a Xalapa y el paraje a los alrededores de Monterrey, tres escenarios de tres ciudades inscritas en el mapa del país como cen-tros promotores del cuerpo entero de la fotografía en una especie de ladera, ladera este de la imagen.
El primer Abril surgió en Mérida en 1984, doce años antes del inicio de Fotoseptiembre, cuando Socorro Chablé, Víctor Rendón e Ygnacio Rivero, entre otros, se propusieron organizar un festival pionero y desde entonces, su ciudad blanca se enriquece con el colorido y la calidad de la producción del estado y de otras latitudes.
Junio es el mes de Xalapa y por sus calles de piedra y teja circula una diversidad de imágenes de buena factura del país y del extranjero a partir de 1991, con el apoyo de la Facultad de Artes Plásticas y especialmente, de fotógrafos como Miguel Fematt y Juan Manuel González.
Diferente es el camino que ha seguido la fotografía en Nuevo León
muchos años después de que Desiderio Lagrange y Jesús Sandoval (quien desde principios de siglo capturó el desnudo femenino en una imagen que recuerda a Antonio Garduño); otras son las miradas que redescubren la ciudad y su gente, y que en las últimas décadas han buscado espacios para difundir sus obras; pero es hasta Fotoseptiembre cuando la imagen adquiere más dimensión en museos, centros culturales y galerías.
El investigador Alejandro Castellanos, del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas del INBA (cenidiap), sostiene que a diferencia de Mérida y Xalapa, en Monterrey el movimiento fotográfico se detonó con Fotoseptiembre.
Ante
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© Teresa Rodríguez Sepúlveda
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s de este festival no se veía mucho de la producción del estado; y salvo el nombre de Juan Rodrigo Llaguno, que fue muy apoyado, no se conocían otros autores.
Desde la perspectiva de la ciudad de México, donde existe un caleidoscopio de autores, temas, tendencias, los catálogos de Fotoseptiembre y las Bienales son las ventanas para apreciar la producción de los fotógrafos de Nuevo León.
En el Corredor Norte del primer Fotoseptiembre, en 1993, se registran 16 exposiciones en Monterrey y uno de los escenarios fue precisamente el Parque Fundidora, con la obra de Julieta Leal. Al año siguiente, el entusiasmo decayó y en el catálogo respectivo sólo se consignan 2 exposiciones, una colectiva de Patricia Guerra, Miguel Murot y Graciela Grajeda en La Ciudadela, y otra donde se señala que a falta de otros espacios se utilizó un lote baldío, para mostrar las Ruinas del Barrio Antiguo que documentó Rubén Gutiérrez. A partir del 96, Fotoseptiembre se desarrolla cada dos años y en la programación de Nuevo León no hubo más lotes baldíos, sino 13 espacios con 16 muestras, donde destacó el montaje del Marco: Monterrey en 400 fotografías; (exposición inaugurada en agosto e inscrita en Fotoseptiembre) de los 400 autores, 370 corresponden al pasado y 30 al presente, entre ellos, Llaguno, concentrado en el retrato tanto de gente anónima y de domingo, como famosa de todos los días. Alfredo Salazar presentó en esa ocasión la mujer ángel con el bebé en brazos y el camión de la ruta 39, tanto en el Marco como en Villa Amadeus; y en contraste, destaca Aristeo Jiménez con su siempre cercana Coyotera.
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© Juan Manuel Villaseñor Escobedo: Caballero, Cristante y Luis Hernández
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bién la apertura del primer Salón de Fotografía en Nuevo León que difundió a 35 autores, en esta naciente Fototeca.
Crecido como bola de nieve, Fotoseptiembre ha sido ampliamente criticado por su carácter incluyente y sus excesos, (con cerca de 800 exposiciones en el 2000), donde se encuentra de todo: bueno, regular, malo y pésimo; pero la Bienal de Fotografía, foro retomado por el Centro de la Imagen a partir de 1993, también ha sido polémica: en 1997, entre 576 autores con 3 mil 50 trabajos, el jurado sólo seleccionó 31 más los tres premiados y, en contrapartida, la dirección del Centro de la Imagen decidió publicar en el catálogo a todos los participantes; lo cual benefició a los fotógrafos neoloneses, quienes hasta entonces no habían figurado en las bienales; así quedaron impresas 15 imágenes de igual número de autores, como Conchita Benavides, Enrique Gorostieta y Marcos Méndez.
La Novena Bienal tuvo un carácter internacional y una de las cuatro fue para Jorge Peraza, egresado de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UANL, quien llevó a una güera a pasear entre puestos de tacos y mercados, dentro del contexto de fronteras manejado por la bienal. Respecto a la Bienal de Fotoperiodismo, resulta paradójico que su organizador, Enrique Villaseñor, afirme que este foro se originó en Monterrey, a raíz de las Segundas Jornadas Periodísticas de 1990, (organizadas primera convocatoria de 1993-94 no participara ningún fotoperiodista del estado.
Por otra parte, en la exposición Artes Plásticas de Nuevo León procedente del hoy Museo de Monterrey y difundida en la ciudad de México, entre el centenar de artistas sólo aparecen 15 fotógrafos. ¿Por qué, aparte del renombrado Llaguno no se habla de otros autores, cuántas puertas se han tocado sin abrirse, cuánto más hay que insistir?
Por lo que puede percibirse, los autores de Nuevo León recorren senderos de la nostalgia (Erick Estrada) de retratos como puesta en escena (Juan José Cerón, cuyas imágenes pueden asociarse con las de Miguel Morales, aunque el trabajo de Cerón resulta más lograd
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© Miguel Ángel Fuentes: Frutos de vida I, plata/gelatina, 2000
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o); de construcciones (Eduardo González, quien evoca a Agustín Jimenez)... experimental, introspectiva, documental, política, directa o construída, la expresión fotográfica surge actualmente en este estado con la fuerza para proyectarse hacia otros espacios.
Y aún cuando en alguna región del mundo tal vez existan personas que no acostumbren mirarse al espejo y no tengan curiosidad por ver, en un pedazo de vidrio, la cara nuestra de cada día; ¿habrá quien se resista a la provocación de una fotografía?
Silenciosa pero persistente, nos rodea en casi todas nuestras actividades: en la lectura del periódico, en la credencial de elector o licencia de manejo; en el retrato de los familiares en el escritorio; en el recuerdo del viaje a París o aquí mismo, a Chipinque; en los muros de galerías y museos y desde luego, en las páginas de una revista, catálogo o libro.
Ciertamente, Mérida y Xalapa empezaron antes y sus autores han hecho escuela, literalmente, en el caso de Xalapa; pero Monterrey tiene una enorme ventaja: sus salones de fotografía están unidos a su Fototeca, donde no sólo se confronta al espectador frente a la obra, sino que puede provocar la cultura fotográfica con una serie de publicaciones, foros y encuentros.
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